Las escuelas no son cuarteles


Jorge Villarroel Idrovo
Una nota de prensa informó sobre un hecho acaecido en la República de El Salvador. La noticia dio cuenta del nombramiento de una Ministra de Educación, en la persona de una capitana del Ejército. Dicha funcionaria, fiel a su ascendencia militar ha decidido que los directivos de las instituciones educativas deberán supervisar diariamente el aspecto y la conducta de los estudiantes al ingresar a la escuela. Deben situarse en los portones de entrada para recibir a los alumnos y verificar, de manera estricta, cuatro aspectos: el uniforme debe estar limpio y ordenado; el corte de cabello debe ser adecuado; la presentación personal debe cumplir con estándares de pulcritud y el ingreso debe realizarse de forma ordenada y acompañada de un saludo respetuoso.
Si se omiten estas reglas será considerada una falta grave de responsabilidad administrativa que abre la puerta para sancionar autoridades que incumplan las disposiciones.
Por supuesto, el presidente Bukele respalda públicamente estas prácticas; a la par, cree que la solución a la violencia es construir gigantescas cárceles y militarizar la nación.
Tal vez estas actuaciones no llamen mucho la atención de nuestros ciudadanos. Después de todo, la mayoría considera que las milicias son referentes de orden, presencia varonil, disciplina. Esta convicción ha llevado a creer que un país no podría existir sin este poder. Como se sabe, su presencia forma parte de los clásicos poderes: económico, político, religioso y mediático, los cuarteles han estructurado, desde hace siglos, el tipo de Estado que actualmente tenemos.
Resulta difícil negar que en el fondo de dichos forzados mandatos existe la intención de presentar a la milicia como un organismo que puede dirigir el sistema educativo y hasta mejorarlo. En otros términos, si los valores de disciplina, patriotismo, esfuerzo, hombría, están en franca decadencia en la sociedad actual, entonces suponen la necesidad de preparar a los educandos con la filosofía militar. Desde luego, algunos de los comportamientos castrenses ya tienen presencia en instituciones escolares: posturas, marchas, desfiles, honores a símbolos y recitación de fechas patrias… Toda una parafernalia que apenas puede ser considerada como muestra de civismo. (“El culto al militarismo”, Villarroel, 2 020).
Según esta lógica: profundizar las operaciones marciales en las escuelas sería una alternativa para mejorar la educación. Pero bien sabemos que los dilemas de la baja calidad educativa, es ocasionada por otros decisivos factores, antes que, por el descenso de la disciplina, el orden y la apariencia personal.
Frente a esta pueril creencia, sería extenso analizar componentes que aportan a una educación de superior nivel. A riesgo de omitir algunas propiedades trascendentes, he aquí varias de ellas, por demás decisivas.
Es imprescindible citar el desarrollo del pensamiento crítico de niños, adolescentes y jóvenes, pues constituye la misión capital de la educación. Si se sabe que, a nivel mundial, esta entidad social es la llamada a la ineludible tarea de formar educandos con alta capacidad para cuestionar las estructuras socioeconómicas vigentes. “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo” decía Mandela.
En efecto, preparar futuros ciudadanos comprometidos con la edificación de una sociedad equitativa, ética, fraterna, ecológica, empeñada en el bien común, solo puede conseguirse cuando los egresados de los diferentes niveles escolares hayan develado todas las imposturas del poder dominante, el cual ha provocado los graves males y problemas nacionales: pobreza, corrupción, violencia, explotación, depredación ambiental…
En forma específica he aquí unas pocas conquistas que pueden otorgar el desarrollo del pensamiento crítico de las nuevas generaciones:
Conocer y comprender la verdadera historia de nuestro país, no aquella mitología que nos ha contado la literatura oficial con fuerte carga militarista. Esta preparación puede conducir a demostrar un verdadero civismo.
Concienciar el carácter dependiente de la nación que nos ha subordinado a las grandes potencias con todas sus secuelas.
Adquirir una fuerte responsabilidad social, de modo que se conviertan en actores activos de las reivindicaciones populares.
Desplegar programas de educación mediática que ponga freno a las manipulaciones de las cadenas hegemónicas de información. La resistencia al consumismo, la diversión mediocre solo puede conseguirse con una elevada conciencia crítica.
Internalizar en los estudiantes un sólido código moral autónomo que les permita prescindir de normas autoritarias, mandamientos divinos, vigilancia militar y hasta de las leyes estatales de corte burgués. Con estas características, los egresados de la escuela, apenas si podrán demostrar actitudes de honestidad, honorabilidad, solidaridad, paz, sencillez, trabajo comunitario…
De otro lado, uno de los fines esenciales de la escuela es el desarrollo de aptitudes cognitivas superiores, reflexión, pensamiento, creatividad… De hecho, su consecución es imprescindible para vislumbrar alternativas que conduzcan al país a una genuina libertad, democracia, soberanía y real desarrollo.
Desde luego, estos propósitos que buscan las escuelas, no pueden ser alcanzadas por mentes “cuadradas” puestas al servicio de los dominios oligárquico e imperial. Obviamente, el patriotismo tampoco puede incrementarse con alumnos bien peinados, ropa planchada, obedientes, sumisos o cantando himnos a viva voz.
Solo en la auténtica educación, se puede encontrar alguna esperanza de cambio.
De este análisis, es posible inferir el destino de cualquier sistema educativo. Las opciones son dos:
Uno, seguir anclados en la educación tradicional y neoliberal de carácter autoritario, domesticador, disciplinario, adiestrador, moldeador de sujetos serviles al poder hegemónico. Estos estigmas han sido denunciados por connotados pensadores como Foucault “Vigilar y castigar”, Apple “Educación y poder”, Freire “Pedagogía Liberadora”, Bourdieu-Passeron “La reproducción social”, Chomsky “La (des) educación”, Ingenieros “Hacia una moral son dogmas”.
Dos, lograr que sus responsables primarios, maestros y maestras, se decidan a levantar una escuela opuesta a estas oprobiosas ataduras. (“Renovar la formación docente”, Villarroel, 2 025).
La tarea es por demás dura, no podemos olvidar que la educación es un organismo sujeto a la dirección de Estados policiales, de corte fascistoide. Este tipo de gobiernos recurre a la vigilancia, el castigo, la represión, el despido, con el fin de someter a la población. Una variante de estas estrategias, constituye la saturación de ordenes administrativas en los planteles, con miras al control burocrático de los docentes. Profesores obligados a llenar infinidad de informes, no pueden dedicar sus energías y potencialidades a promover educandos con altas capacidades cognitivas, éticas y ciudadanas.
La frase destacada:
Es imprescindible citar el desarrollo del pensamiento crítico de niños, adolescentes y jóvenes, pues constituye la misión capital de la educación.
Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo:
Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.

