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Objetivo nacional: clasificar al mundial

Diario El Norte

La participación del Ecuador en el próximo mundial de fútbol en Catar, ha despertado gran euforia nacional y un amplio despliegue mediático, para ponderar la proeza de nuestros futbolistas. En el desastre nacional que afrontamos, muchos ven en este logro, por lo menos un remanso de alegría y un motivo de prestigio internacional.

No faltan quienes creen que esta clasificación es un objetivo nacional cumplido. Es decir, en el amplio concierto de fines nacionales, una participación mundialista es percibida como un triunfo importante para el Ecuador. Este mérito, evidenciaría, a nivel internacional, el potencial de nuestro país.

Tanta es la alharaca de esta conquista, que las grandes aspiraciones nacionales pasan a segundo plano. En efecto, en el imaginario social se ha incrustado la idea que una de las mayores metas del país es llegar al mundial de fútbol. En consecuencia, las relevantes aspiraciones: superar la pobreza, instaurar la justicia social, crear fuentes de trabajo, eliminar la corrupción y la violencia, entre otras, casi no constan en los anhelos ciudadanos, salvo en la boca mentirosa de los políticos. En términos claros, superar o, por lo menos, mitigar los mayúsculos dilemas socioeconómicos, apenas si son vistos como objetivos nacionales. En efecto, estos fines casi no se enuncian como empresas en las que TODOS debamos participar. Lo común ha sido que estos antiguos propósitos sean asignados a la responsabilidad de los gobiernos de turno, antes que al trabajo mancomunado de los miembros que componen la sociedad. Y si los gobiernos no están interesados en solucionar los ancestrales males que sobrellevan las masas populares, ¿quiénes y cuándo podremos vanagloriarnos de haberlos superado?

Y aunque existiese algún intento de excluir las expresiones del subdesarrollo, con seguridad no causarían la euforia que provoca la asistencia al mundial. No sabemos cuánto tiempo debamos esperar para que los estadios, coliseos y escenarios deportivos se llenen para celebrar la erradicación del consumismo, la eliminación de la desnutrición infantil, la violencia de género, el analfabetismo funcional, la consecución de una educación de calidad, por ejemplo. Obviamente, si no son empeños nacionales, resulta utópico cualquier festejo. Por cierto, no pueden exhibirse estas conquistas porque no existen un campeonato mundial para reconocer estas glorias. Además, si estas aspiraciones no son concebidas como metas sociales, poca razón existirá para tratar de conseguirlas.

En verdad, nadie puede suponer que los lauros deportivos puedan solucionar los lacerantes problemas que afronta el país. Lo que si resuelven son los intereses económicos de las mafias deportivas que dirigen el fútbol profesional, amén de las enormes ganancias que obtienen las multinacionales y las empresas mediáticas. Claro, para ello, es necesario que millones de personas se conviertan en consumidores y defensores de la codicia capitalista que controla el deporte profesional. Con mínima conciencia crítica, casi todos los hinchas desconocen o cierran los ojos ante las manifestación de extrema corrupción del deporte mercantil: sobornos, lavado de dinero, trata de personas, explotación laboral, consumo irracional, manipulación mediática… Valga algunos casos ilustrativos: con los gastos del país anfitrión en el certamen mundial, ningún niño africano, sufriría de hambre durante 10 años; si los maquiladores de implementos deportivos, recibieran un salario justo, con seguridad llevarían una vida digna; con la venta de un club europeo, se podría crear miles de plazas de trabajo; lo que gana un maestro durante 30 años equivale a lo que recibe el entrenador nacional en un mes. Todos estos ignominiosos hechos poco o nada causan indignación a la población. Tan embotada está la conciencia moral de la gente que llega a aceptarlos como actos normales o inevitables.

Debe quedar claro que el deporte como noble expresión humana, contribuye a la salud física y mental de sus cultores, al margen de cualquier otra utilidad material. Pero llegó el mercado neoliberal y advirtió que el deporte podría convertirse en fuente inagotable de réditos económicos, aunque ello signifique transgredir elementales principios éticos. La reflexión de Galeano es oportuna: “A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí”.

Pues bien, no faltarán quienes nos acusen de aguafiestas por no unirnos al jolgorio mundialista. Ciertamente, negar las pocas alegrías que tiene el pueblo, parece una actitud mezquina. Los testimonios del alborozo de los hinchas por la clasificación de la Tri, son muestras palpables de cómo un logro deportivo puede mover el espíritu patrio y la ocasional dicha popular.

Sin embargo, como se ha dicho, la verdadera algarabía es de quienes concentran el negocio deportivo a nivel planetario. Pero el poder político también sale ganando al disponer de grandes masas alienadas, entretenidas con los chinescos creados por los amos del mundo. Mientras la población esté entretenida en los estadios, en la televisión o en las redes sociales, las urgentes causas nacionales no podrán contar con su compromiso activo. La anomia que se observa en todos los estratos sociales, es el mejor reflejo de la desmovilización inducida por todo tipo de espectáculos frívolos y mediocres. Así lo confirma Noam Chomsky: “La manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica porque destruye cerebros”.

En este escenario los fanáticos cumplen el papel de simples “tontos útiles”, pues con su peculio y sumisión, contribuyen al poderío económico y político de las élites.

El futuro también parece sombrío, si las nuevas generaciones son moldeadas con estos fanatismos. El célebre pensador francés Voltaire sentenció: “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”.

Por el contrario, si la sociedad forma entes cuestionadores, poca oportunidad tendrá el poder para disponer de siervos. Sin duda, el potencial crítico, reconocerá que su función esencial en la vida es trabajar por los verdaderos objetivos del bien común.

La frase destacada:

El futuro también parece sombrío, si las nuevas generaciones son moldeadas con estos fanatismos. El célebre pensador francés Voltaire sentenció: “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”.

Sobre el Autor Jorge Villarroel:

Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.

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About Marcelo Almeida Pástor

Ph.D en Ciencias de la Educación (Universidad de La Habana-Cuba), Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa y Diplomado Superior en Planificación Estratégica (Universidad Nacional de Loja); Especialista en Educación para el Desarrollo Sustentable y Licenciado en Ciencias de la Educación especialidad Idiomas (Universidad Técnica del Norte); Profesor Jubilado en la Universidad Técnica del Norte en la Facultad de Posgrado: ex Profesor en: Universidad Tecnológica Indoamérica, Pontificia Universidad Católica del Ecuador sede Ambato y Esmeraldas; ex Profesor y ex Coordinador Maestría Pedagogía mención Currículo (presencial y en línea), ex Profesor y ex Coordinador Maestría en Innovación en Educación, mención Pedagogía y Didáctica con enfoque Basado en Competencias (modalidad presencial) en Universidad Técnica del Norte; Socio Fundador, ex Secretario Pro tempore de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura; Coordinador del Comité Editorial Página Pido la Palabra. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Ibarra, Socio Adherente de la Sociedad Artística de Otavalo.