Filosofía y utopía en «Cartas a Nazim» de Juan F. Ruales
Marcelo Villamarín Carrascal
Ibarra, 26 de septiembre de 1998
Cuando Juan me pidió que hablara sobre la filosofía contenida en su libro de poesías Cartas a Nazim, debo confesarles que me asusté, porque a pesar de que filosofía y poesía son dos manifestaciones del espíritu humano, cada una de ellas tiene su propio lenguaje, cada una de ellas se sujeta a sus leyes particulares de expresión, cada una tiene incluso su auditorio específico. Hacer un análisis filosófico sobre un libro de poesías – me pregunté – no es acaso una forma de violentar la estructura propia de una manifestación espiritual, cuyo lenguaje despierta emociones a veces tan complejas que la razón se declara incompetente para interpretar su contenido? Hacer un análisis filosófico sobre un libro de poesías, no es acaso mutilar el vuelo imaginativo del poeta, tratando de encasillar en conceptos racionales un contenido que por su naturaleza abarca las más diversas facultades del espíritu? ¿No es como degollar el sentimiento, la emoción y todo el placer estético que nos brinda la poesía, en aras de la razón? ¿No es cometer el error de siempre, consistente en querer verlo todo con ojos racionales?
Porque, dígase lo que se diga, la filosofía es un producto de la cultura occidental, caracterizada por el racionalismo. Y la conciencia de este hecho es justamente una de las razones para el descrédito de la filosofía en el siglo XX. Aquella «ciencia» que nació con la pretensión de abarcarlo todo y de dar respuestas a todos los enigmas del universo ha corrido la misma suerte de Ícaro, cuyas alas se quemaron al acercarse al sol. Y quienes todavía se confiesan filósofos se han visto obligados a modificar los patrones culturales del origen greco-occidental de la filosofía, para admitir que existen formas de conocimiento no racionales que han demostrado mayor eficacia para satisfacer esa sed inconmensurable que tiene el hombre de conocer, de apropiarse de la realidad. La filosofía occidental desembocó en la ciencia positiva, ésta en la técnica y la técnica en la deshumanización del hombre y de la cultura. Naturalmente, la culpa – si así puede llamarse – de este proceso no está en la filosofía, que sigue siendo una de las más altas manifestaciones del espíritu humano, sino en el uso que de ella han hecho el capitalismo y los protervos intereses ocultos detrás de conceptos como «progreso» y «civilización». Así y todo, sus lmitaciones saltan a la vista.
Así pues, con el temor estacionado en algún lugar de mi cerebro, leí de nuevo Cartas a Nazim. Y digo de nuevo, porque tuve la suerte de asistir a su nacimiento, allá por la década de los setenta cuando la esperanza aún no se había devaluado. Esta vez lo hice saboreando de nuevo el placer estético de los sueños y cavilaciones, de las esperanzas y frustraciones que en esa década compartimos con Juan y con algunos de los presentes. Cartas a Nazim es un libro justamente fruto de esa experiencia, tejida con sueños y utopías. Y aquí es justamente donde entra en juego la filosofía, esa filosofía que llamaría de nuevo tipo. Porque al releerla me llevé la gran sorpresa de que no hacían falta lucubraciones metafísicas de alto vuelo para descubrir la filosofía latente en Cartas a Nazim; una filosofía, por supuesto, amasada con categorías y conceptos que muchos ilustres académicos descalificarían porque no se parecen a las de Aristóteles o Hegel; una filosofía hecha con el barro de nuestra tierra; elaborada con categorías que son fruto de un largo cavilar en el campo de la filosofía latinoamericana. Me refiero específicamente al concepto de utopía, que vertebra gran parte de este hermoso libro de poesías.
Para muchos debe parecer extraño y hasta contradictorio que se hable de utopía en el marco de un pensamiento sistemático y riguroso como es, o parece serlo, la filosofía; pues, el adjetivo de utópico se aplica generalmente a los ilusos soñadores que viven, como su nombre lo indica, fuera de la realidad. Se dice de algo que es utópico como sinónimo de imposible. El utópico es la contrapartida intolerable del realista. Sin embargo, desde hace algunos años la filosofía latinoamericana ha venido trabajando este concepto, a partir del momento en que se descubrió que América Latina es tierra de utopía y tierra de utopistas. Y ha hecho de este concepto sinónimo de proyecto histórico. Las utopías, desde Vasco de Quiroga y el Padre Las Casas hasta las utopías revolucionarias del siglo XX, son proyectos históricos que reafirman el valor de la vida frente a la muerte.
Lo curioso del caso es que América Latina no solo ha sido fuente de utopías, no solo ha dado lugar a lo largo de su historia a la construcción de utopías que han fortalecido su identidad, sino que ella misma ha sido fuente de inspiración de otras utopías; ella misma ha sido fuente de inspiración de las utopías revolucionarias de la modernidad europea. Cuando en marzo de 1493 la famosa carta de Colón – que daba a conocer el «descubrimiento» de un nuevo mundo – recorrió toda Europa, gracias al novísimo invento de la imprenta, se produjo una hecatombe intelectual, no suficientemente aquilatada por los libros de texto ni por la historia oficial. Después de catorce siglos de pesimismo histórico que difundieron la idea de que el pecado original define la naturaleza pervertida del hombre, alguien descubría el paraíso terrenal, habitado por individuos cuya desnudez física era símbolo de su inocencia espiritual, y símbolo y expresión, a la vez, de una sociedad de la cual estaban ausentes la explotación, la servidumbre, la corrupción moral. A partir de entonces se construyen las utopías revolucionarias de la modernidad, que constituyen un filón inagotable de reflexión y pensamiento, no suficientemente relievado – las razones son obvias – por parte de los historiadores de la filosofía europea.
Pero, también entre nosotros ha habido una falla histórica. No sé si por nuestra falta de autoestima o por una masoquista inclinación a la desesperanza y al lamento o porque efectivamente es lo que merece destacarse, lo cierto que es siempre nos hemos visto, nos hemos sentido y nos hemos interpretado como objeto de explotación. Primero fueron los españoles, luego los ingleses y finalmente los gringos. Esto es cierto, no cabe duda. Pero, hemos olvidado o no lo hemos reconocido con suficiente fuerza, que América Latina es también fuente de inspiración, cuya presencia en el mundo «civilizado» del Renacimiento trastocó radicalmente los patrones culturales y filosóficos de Europa. ¿Dónde, si no, se inspiró Tomás Moro para construir su modelo de sociedad perfecta como una posibilidad dependiente de la liquidación de la propiedad privada? ¿Dónde, si no, se inspiró Rousseau, para elaborar las maravillosas páginas del Emilio que, por primera vez en la historia del pensamiento, demostraban la bondad como ingrediente esencial de su naturaleza humana? ¿Dónde, si no, se inspiraron la utopías de Bacon y Campanella que, a pesar de sus lucubraciones fantásticas, destacan con increíble nitidez la esperanza en una sociedad justa? ¿Dónde, si no, se inspiraron los anarquistas y comunistas de los siglos XVIII y XIX hasta llegar a Marx, quien construye la más perfecta utopía revolucionaria de la modernidad? Sí, por supuesto que América Latina ha sido y es objeto de explotación, pero nadie puede quitarnos el orgullo de haber modificado los patrones culturales de Europa, cimentando el humanismo renacentista como una nueva visión del hombre y la naturaleza.
Y es justamente en esta línea de pensamiento que se inscribe Cartas a Nazim; naturalmente esta es solo de una de las tantas líneas que pueden descubrirse en este y en otros libros inéditos de Juan, con la particularidad de que está expresada de manera tal que a la solidez del pensamiento se une la calidez del sentimiento y la emoción. Para empezar, toda utopía tiene su «topos», su «aquí y ahora», su presente. Es el lugar del reconocimiento desde el cual, en el campo de la filosofía, el pensador indaga. Los filósofos latinoamericanos que han investigado este tipo de pensamiento han descubierto que el «topos» juega un papel determinante en la formulación del proyecto. Curiosamente, también en Cartas a Nazim hay un «topos», poéticamente expresado. Es el lugar desde el cual el poeta mira hacia el horizonte. ¿Cuál es este «topos»? «Este tiempo, Nazim – dice Juan – es el del lobo falaz y estrafalario. El tiempo de la infamia bendecida, el del cenit inicuo, lapso de plenilunios tenebrosos. Es la hora del trigo calcinado». Difícilmente un pensamiento filosófico podría expresar con mayor propiedad este topos, este presente, este cronotopo como diría Bajtin. Y es que la poesía, para dar con el pensamiento justo, emplea la metáfora. Esta es la era del trigo calcinado. ¡Qué metáfora más impactante para expresar, en toda su crudeza, una realidad que se prolonga después de veinticinco años! ¡La era del trigo calcinado! ¿No sigue estando el trigo calcinado en los estómagos vacíos, en los ojos de los niños, en las manos del labriego, en los dedos del artista? ¿No sigue estando el trigo calcinado en los famosos bonos de la pobreza, que están poniéndose de moda al parecer? ¿No sigue estando el trigo calcinado en las pupilas de la gente vacías por la desesperanza, por la violencia, por la corrupción? Pero, es también el topos de la «araña», de «los pardales corazón de fuego», de «los lagartos de mirada insulsa», de «vacío», de «muerte y su silencio cómplice». Es el tiempo de la muerte, es el tiempo de la desesperanza.
Contra estos tiempos se levanta la utopía. Y es en estos tiempos cuando se levanta la voz de la utopía para gritar: «Quítale el pan al ogro que acaparó el trigal y dalo al niño. Y al energúmeno le robarás la luz para darla al obrero. Convida a la mujer, ábrele paso, tómala de la mano y vuela entre sus alas libremente. Colibrí enamorado». Para qué? Para transformar la vida, para vencer a la muerte, para construir esa utopía en la cual «la vida te sabrá de otra manera. La Tierra un aposento colosal de cuya garganta volarán campanas. Ya no temerás que las campanas naufraguen en tu oído. Vivir será un asueto colectivo como es tan infinito tu cabello».
«Vivir será un asueto colectivo…», brillante metáfora que expresa mejor que cualquier filosofía una utopía que no es privativa de Marx ni de pensador latinoamericano alguno: es privativa de la humanidad. Los primeros cristianos soñaron con una sociedad donde la solidaridad sea el eje de la vida colectiva; Moro soñó con una sociedad donde no exista la propiedad privada; Rousseau renegó de la sociedad basada en lo «mío» y lo «tuyo»; Marx elaboró su modelo de sociedad comunista basada en el trabajo colectivo, una sociedad en la cual el placer en todas sus manifestaciones sea factor de humanización del hombre.
Esa es la utopía de Juan. Es la utopía de Cartas a Nazim. Es nuestra utopía, cuya vigencia sigue latente. Y no serán, por supuesto, «ni los tiranos ni las heroínas los que entonarán las arpas de la utopía», en expresión de las Cartas. Serán «el labriego famélico y su pan tan distante. El brasero puntual y su guadaña. El maestro. El ebanista. El caminante». Es decir somos nosotros los sujetos de la utopía. Seremos todos. Y nuestra misión es «destrozar las hachas con las hachas, destruir los fusiles con el amor». Serán ellos – es decir nosotros – quienes «vuelen junto a la muchedumbre a socavar la siesta del tirano». ¿Cómo? «Organizando las furias submarinas, sindicalizando a los ostiones», para destruir al «monstruo falaz que tomó para sí los arrecifes coralinos, se apropió del arcoiris y la aurora y capturó en sus helechos al rey de las espumas».
No me extrañaría que alguien de los presentes esté pensando que los conceptos aquí expresados han perdido vigencia, tal como lo habrían puesto de manifiesto acontecimientos como la caída del Muro de Berlín, la disolución de la URSS, la liquidación del socialismo histórico en Europa Oriental; y quizá no le falte razón. Como dice Elsa Támez, una teóloga costarricense a propósito del Eclesiastés: «Parece ser que cuando el futuro se torna angustiosamente impenetrable, la utopía se oculta; su configuración no tiene lugar. Y cuanto mayor es la imposibilidad de crear la utopía, tanto menor es la posibilidad de realización humana. Cuanto mayor es la imposibilidad de realización humana, tanto menor es la posibilidad de configurar la sociedad deseada».
El libro de Juan, sin embargo, tiene esa virtud: nos devuelve la esperanza. Puede que muchas teorías y conceptos estén obsoletos, pero nunca lo estará la esperanza. Y vale la pena rescatar el hecho casi inaudito de que la poesía de Juan es una poesía política, esencialmente política e ideológica – lo cual es bastante raro en nuestros tiempos – sin caer en el panfleto; todo lo contrario: es una poesía política de elevada calidad estética, como pocas he conocido. Es una poesía política de elevada calidad estética que tiene el mérito adicional de devolvernos la fe, fe en el hombre, fe en la sociedad, fe en el futuro, fe en nuestra capacidad para construir una realidad nueva. Fe, sobre todo en una época en que la vigencia del capitalismo salvaje, expresado en el neoliberalismo, ha tenido la virtud de obligarnos a hipotecar con altísimos intereses – infinitamente más altos que los intereses de los bancos – el único capital del pobre: la esperanza.
Debo agradecer a Juan por haberme estimulado a realizar, con las limitaciones del caso, este discurso que apenas ha logrado rozar una de las vetas más ricas del pensamiento contenido en Cartas a Nazim. Y mis felicitaciones a Juan por el lanzamiento de su primer libro. Ya era hora, me dije cuando me participó su decisión. Ya era hora, porque Juan viene haciendo literatura durante por lo menos treinta años y nunca entendí su renuencia a compartir con nosotros su obra. Espero que este sea el primer paso para que el filósofo-poeta salga de su madriguera y a los pobres mortales que reptamos por esta tierra nos haga partícipes de las nacaradas sinfonías de sus versos reservadas para los dioses.
Gracias