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La Batalla de Ibarra y el pensamiento de sus protagonistas (III)

Diario El Norte

La monarquía y el imaginario popular

Agustín Agualongo no fue el único rebelde que se opuso a la independencia de su patria, cosa que llama la atención por partida doble: primero, por ser un indio explotado, heredero de la colonialidad del poder; y segundo porque fue colombiano, es decir pertenecía a un conglomerado social levantado en armas contra la dominación extranjera.

Siendo así, cabría esperarse que la población pastusa se hubiese adherido, con mucho, poco o nulo entusiasmo- como ocurrió en la mayoría de poblaciones – a la corriente generalizada que luchaba por la emancipación de las colonias americanas. Pero no fue así, según la opinión de historiadores y periodistas colombianos, lo cual exige una explicación.

Aparte de las interpretaciones psicologistas, hoy abandonadas por anacrónicas, que hacen de la población de Pasto (pastusos) una población aguerrida y rebelde por esencia (Nota para mejorar la comprensión de este hecho de la realidad: Una cosa es reconocer la valentía, como parte del carácter indomable de un pueblo, y otra es convertir este fenómeno en un factor explicativo de las acciones históricas). Existen factores tanto económico-sociales y políticos como ideológicos que explican esta poderosa resistencia, situación que se proyectó durante todo el período de la “Revolución de Quito” (1809-1822), proceso que corresponde a la consolidación de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, como se denominó inicialmente a la Gran Colombia.

En cuanto a los primeros factores, es de notar que desde 1811 la resistencia pastusa contó con un ejército en gran parte improvisado, compuesto en su mayoría por indígenas de la comarca de Pasto y por un numeroso grupo de población negra proveniente de la región de Patía, con quienes se desató una prolongada guerra de guerrillas. Es decir, el ejército de Agustín Agualongo estaba compuesto por un sector poblacional subordinado tanto al poder de la Corona como al poder de la aristocracia criolla. Con la particularidad de que muchos de los caudillos realistas desataron acciones que llenaban los vacíos dejados por los nuevos gobernantes grancolombianos, como fue el caso del general Benito Boves, quien ya en 1812 declaró libres a los esclavos negros reclutados para el ejército realista. Durante (1811-1814) Simón Bolívar estaba más preocupado en acelerar y fortalecer la lucha militar que de “impulsar medidas de corte social favorables a los sectores populares”. (http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0122- 44092014000100006). Solo recién el 2 de junio de 1816 El Libertador Bolívar decretó la libertad de los esclavos que se alistaron en las filas del ejército patriota. (https://www.telesurtv.net/news/Hace- 200-anos-Simon-Bolivar-decreto-la-libertad-de-los-esclavos-20160601-0047.html)

De esta manera, las guerras de liberación nacional anticolonial adoptaron un sesgo inequívocamente clasista. No hay que olvidar que gran parte de los patriotas quiteños estuvo compuesta también por una élite terrateniente (Quito) y comercial (Guayaquil), que utilizaron a la población urbana y rural para conseguir objetivos que no solo beneficiaban al conjunto de la sociedad, sino que en muchos casos tuvieron un marcado sello personal, familiar y de clase.

Entre los factores ideológicos, la resistencia pastusa tiene que ver con un fenómeno que he destacado a través de algunos escritos anteriores, y que esbocé líneas atrás: el sentimiento popular de adhesión y fidelidad al monarca Fernando VII, muy arraigado en la cosmovisión teocrática y conservadora del pueblo americano, como parte de la ideología colonial. Los intelectuales se nutrieron de obras antimaquiavelistas difundidas en Europa y América durante el Renacimiento de los siglos XVI y XVII, en especial de Pedro de Rybadeneira (jesuita español que reaccionó fuertemente ante al peligro que representaban para la Iglesia Católica las doctrinas heréticas de Maquiavelo), a través de su obra El Príncipe Cristiano; y Jacques-Liniel Bossuet (1627-1704), sacerdote, acérrimo defensor de la doctrina sobre el origen divino de los reyes y del providencialismo cristiano. Tanto la una cuanto la otra obra, contribuyeron en Europa, y luego en América, a la construcción de un modelo de gobernante ideal, en el marco del paradigma teocéntrico medieval.

Es probable que en muchos intelectuales criollos esta imagen haya contribuido a justificar el proyecto político fraguado en las sesiones conspirativas de 1808-1809, que proponía la construcción de un nuevo Estado – ¿democrático? – asentado en tres ejes fundamentales: el Monarca (era imposible en aquel entonces prescindir de esta figura), la aristocracia criolla; y el pueblo, representado por los Cabildos.

Otra hipótesis plausible tiene que ver con los rezagos de las desaparecidas encomiendas como formas de dominación económica y laboral. El sistema colonial se asentó en una primera instancia en esta figura jurídica para justificar y legitimar la explotación a los pueblos originarios. Por efectos de su doctrina, y en compensación a los servicios prestados a la Corona, el Estado asignaba a los colonizadores españoles un determinado número de familias indígenas para ser cuidadas y adoctrinadas, a cambio de la explotación de su fuerza de trabajo y el cobro de tributos. Los encomenderos abusaron de los indígenas sometiéndolos a tratos degradantes y formas de esclavitud tan horrendas que el fraile Bartolomé de las Casas se quejó ante el Rey, quien sancionó las Leyes de Indias, en gran parte orientadas a proteger a las poblaciones indígenas. Los encomenderos reaccionaron de manera violenta y desataron contra la Corona una cruenta guerra que duró diez años y que terminó con la muerte de Gonzalo Pizarro, el encomendero mayor, colgado de una cuerda.

La postura tanto del fraile como del monarca no pasó desapercibida para los indios sujetos a la encomienda. Alrededor de ellos se formó un hálito paternalista que derivó en la formación de un imaginario que persistió hasta la época narrada. Desde aquel entonces, el Monarca adquirió una imagen paternal que generó sentimientos de adhesión y gratitud, alimentados por la acción bienhechora de los frailes que, sin romper con la estructura del orden monárquico-colonial, se convirtieron en voces contestatarias frente al sistema dominante de las encomiendas. Es más, asistimos a una sociedad teocéntrica que funciona bajo el control tanto del Papa como del Monarca, ambos representantes de Dios sobre la Tierra, cosmovisión que se arraigó muy fuertemente en los pueblos originarios y en toda la cultura popular de las colonias americanas, construyéndose así en un imaginario en el cual Dios, representado por los frailes, y el Rey (Fernando VII), se encontraban en la cúspide de la cadena jerárquica social, en calidad de protectores.

Estas consideraciones hacen plausible la interpretación de que Agustín de Agualongo a más de ser un indígena reclutado por el ejército realista, fue un líder, animado por la pasión que despertó la figura, mítica ciertamente, de quien fue imaginariamente una especie de amigo y protector de su gente.

La frase destacada

El sistema colonial se asentó en una primera instancia en esta figura jurídica para justificar y legitimar la explotación a los pueblos originarios. Por efectos de su doctrina, y en compensación a los servicios prestados a la Corona, el Estado asignaba a los colonizadores españoles un determinado número de familias indígenas para ser cuidadas y adoctrinadas, a cambio de la explotación de su fuerza de trabajo y el cobro de tributos. Los encomenderos abusaron de los indígenas sometiéndolos a tratos degradantes y formas de esclavitud …

Sobre el Autor Marcelo Villamarín Carrascal

Doctor en Filosofía, ex docente universitario de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Obras Publicadas: El arte de vivir con sentido (2005), Retos de la Asamblea Constituyente (2006), Socialismo y Revolución Ciudadana (2016), Ideas Filosóficas de Imbabura (2019).

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About Marcelo Almeida Pástor

Ph.D en Ciencias de la Educación (Universidad de La Habana-Cuba), Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa y Diplomado Superior en Planificación Estratégica (Universidad Nacional de Loja); Especialista en Educación para el Desarrollo Sustentable y Licenciado en Ciencias de la Educación especialidad Idiomas (Universidad Técnica del Norte); Profesor Jubilado en la Universidad Técnica del Norte en la Facultad de Posgrado: ex Profesor en: Universidad Tecnológica Indoamérica, Pontificia Universidad Católica del Ecuador sede Ambato y Esmeraldas; ex Profesor y ex Coordinador Maestría Pedagogía mención Currículo (presencial y en línea), ex Profesor y ex Coordinador Maestría en Innovación en Educación, mención Pedagogía y Didáctica con enfoque Basado en Competencias (modalidad presencial) en Universidad Técnica del Norte; Socio Fundador, ex Secretario Pro tempore de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura; Coordinador del Comité Editorial Página Pido la Palabra. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Ibarra, Socio Adherente de la Sociedad Artística de Otavalo.