Pido La Palabra

¿Qué es la dignidad?

Vemos todos los días que nuestros gobernantes instrumentalizan en su beneficio los poderes e instituciones del Estado; reforman las leyes del país para acomodar la economía y la política a sus intereses personales, familiares o corporativos; pintan un país justo y próspero cuando todos vemos que campea la injusticia y la pobreza; dejan que los organismos del Estado se deterioren para después venderlos a los intereses privados; persiguen y humillan a adversarios políticos que son vistos como posibles peligros para su dominio político; se muestran sumisos y serviciales ante la hegemonía imperial y se anticipan en hacer cosas que el imperio todavía no les pide, para hacer “méritos”; no les duele ni reclaman ni protestan ante las determinaciones extorsivas de los organismos multilaterales; viven permanentemente en el fingimiento, la mentira, el chantaje, … ¿Son dignos o indignos estos gobernantes? ¿Qué es la dignidad?

La dignidad es un concepto fundamental no solo en la ética o en la filosofía política, sino en la vida cotidiana. Para comprender su significado profundo debemos remontarnos a sus raíces etimológicas y explorar cómo diferentes filósofos han abordado el tema a lo largo de la historia.

La palabra “digno” proviene del latín *dignus*, que significa “merecedor”, “valioso” o “apropiado”. Este término está ligado a la capacidad o cualidad de ser merecedor de algo, generalmente respeto, honor o estima. De ahí nace el sustantivo “dignitas”, que se traduce como “valor”, “mérito”, “autoridad” o “estatus”.  Etimológicamente, por tanto, la dignidad remite a la estima social y moral, al respeto y consideración que una persona merece debido a su posición, virtudes o méritos. Aquí empiezan las preguntas: ¿La dignidad es una cualidad inherente, natural, que otorga a una persona, institución, colectivo, etc., valor y legitimidad para recibir un trato honroso? ¿Es un valor externo, basado en logros o posición social, o interno, inseparable de la condición humana? La filosofía ha desarrollado distintas perspectivas sobre la dignidad a lo largo de los siglos.

En la Grecia antigua la dignidad no era un derecho de nacimiento, se la asociaba al valor (axía) y a la virtud (areté) y era vista como excelencia. Para Sócrates (+ 399 a.C), la dignidad residía en el alma y en la capacidad de razonar. Un hombre digno era aquel que prefería sufrir una injusticia antes que cometerla, porque lo segundo corrompía lo más valioso del ser humano: su integridad moral. Para Platón (427-347 a.C.), la dignidad se asocia a la razón, que es la parte superior del ser humano que debe gobernar sobre las pasiones y deseos. Digno es quien vive conforme a la justicia y la virtud y alcanza el bien supremo. Para Aristóteles (384-322 a.C), la dignidad estaba ligada a la posición social y al ejercicio de la virtud en la polis (la ciudad). No todos tenían la misma «dignidad», ésta se cultivaba y se demostraba mediante el carácter y la excelencia.

El medioevo cristiano ve la dignidad como una imagen de Dios. Se “democratiza” la raíz de la dignidad, pero se la ancla al dogma teológico. El ser humano es digno por haber sido creado a «imagen y semejanza de Dios» (Imago Dei). Por primera vez, la dignidad se vuelve universal; no importa si eres un esclavo o un emperador, tu valor es sagrado porque no te lo das tú mismo, ni te lo da el Estado, sino el Creador.

El Renacimiento ve al hombre como centro de todo lo existente. Pico della Mirandola (siglo XV) escribió su famoso Discurso sobre la dignidad del hombre en el que postula que la dignidad ya no es solo ser una criatura de Dios, sino tener libertad. La dignidad radica en nuestra capacidad de autodeterminación.

La Ilustración (s. XVII y XVIII): Kant sacó la dignidad de la religión, la entendió como un valor absoluto y la puso firmemente en el ámbito de la razón práctica. Sostenía que en el mundo las cosas tienen un precio (son intercambiables), pero que las personas tienen dignidad (son únicas y no tienen equivalente). Su “imperativo categórico”: «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como un fin y nunca simplemente como un medio», es la base de los Derechos Humanos. Con otras palabras: La dignidad significa que nadie puede usarte como una herramienta para sus propios fines.

Siglos XIX y XX: Tras Kant, la filosofía empezó a notar que la «dignidad» en el papel no servía de mucho si la gente moría de hambre o era explotada. Marx (1818-1883) criticó que el capitalismo despojara al trabajador de su dignidad al convertirlo en una mercancía más. Para él, la dignidad requiere condiciones materiales justas. Para el Existencialismo (Sartre/Camus) y tras las dos guerras mundiales, la dignidad se redefine como la angustiante pero gloriosa libertad de elegir quiénes somos en un universo absurdo. H. Arendt (1906-1975) analizó cómo el totalitarismo intenta destruir la dignidad humana convirtiendo a las personas en seres «superfluos». Para ella, la dignidad está ligada al «derecho a tener derechos».

En La actualidad, el debate filosófico sobre la dignidad se ha desplazado hacia las fronteras de la ciencia: La Bioética se pregunta, por ejemplo: ¿Es digno el suicidio asistido? ¿Es digno manipular genéticamente a un embrión? El Transhumanismo se pregunta: ¿si mejoramos nuestro cuerpo con tecnología, aumentamos nuestra dignidad o perdemos nuestra esencia humana? Frente a los derechos de los animales y la Inteligencia Artificial (IA), surge la pregunta: ¿es la dignidad una propiedad exclusiva de los humanos, o deberíamos extenderla a otros seres sintientes o incluso a inteligencias artificiales avanzadas?

Como hemos visto, la historia de la dignidad es la historia de cómo hemos pasado de verla como un honor para pocos, a una esencia religiosa, para terminar, entendiéndola como un blindaje ético que nos protege frente a cualquier intento de convertirnos en objetos. Si la dignidad es lo que nos hace sujetos, nunca objetos, ¿podemos decir que el pueblo ecuatoriano convertido por sus propios errores en cosa viviente manipulada por ambiciosos locales y extranjeros, es digno? Los individuos y lo pueblos no nacen dignos, se hacen dignos. ¿Qué gestas, qué reclamos, qué luchas hacen falta para que el pueblo ecuatoriano se haga digno?

La frase destacada:

Si la dignidad es lo que nos hace sujetos, nunca objetos, ¿podemos decir que el pueblo ecuatoriano convertido por sus propios errores en cosa viviente manipulada por ambiciosos locales y extranjeros, es digno? Los individuos y lo pueblos no nacen dignos, se hacen dignos. ¿Qué gestas, qué reclamos, qué luchas hacen falta para que el pueblo ecuatoriano se haga digno?

Sobre el Autor Samuel Guerra Bravo:

Investigador independiente. Ha sido profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Católica del Ecuador – Quito (PUCE). Autor de libros y artículos de su especialidad.

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About Marcelo Almeida Pástor

Ph.D en Ciencias de la Educación (Universidad de La Habana-Cuba), Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa y Diplomado Superior en Planificación Estratégica (Universidad Nacional de Loja); Especialista en Educación para el Desarrollo Sustentable y Licenciado en Ciencias de la Educación especialidad Idiomas (Universidad Técnica del Norte); Profesor Jubilado en la Universidad Técnica del Norte en la Facultad de Posgrado: ex Profesor en: Universidad Tecnológica Indoamérica, Pontificia Universidad Católica del Ecuador sede Ambato y Esmeraldas; ex Profesor y ex Coordinador Maestría Pedagogía mención Currículo (presencial y en línea), ex Profesor y ex Coordinador Maestría en Innovación en Educación, mención Pedagogía y Didáctica con enfoque Basado en Competencias (modalidad presencial) en Universidad Técnica del Norte; Socio Fundador, ex Secretario Pro tempore de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura; Coordinador del Comité Editorial Página Pido la Palabra. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Ibarra, Socio Adherente de la Sociedad Artística de Otavalo.