Qué significa el 8 de marzo en nuestras vidas

Diario El Norte
A muchas mujeres que viven en el año 2022 quizá les parezca una locura o tal vez creen que estamos desocupadas, al ver que continúa la lucha y exigencia por alcanzar derechos, equidad, igualdad entre géneros y por la construcción de una sociedad más justa.
Para que se entienda la causa, el por qué seguimos adelante, quiero invitarles a comprender y reconocer varios hechos ocurridos a lo largo de la historia. No ha sido fácil, nada fue un regalo, cada logro ha sido gracias a dirigentes históricas que nos antecedieron en las calles. Fueron víctimas del rechazo social, de injustificados encarcelamientos, mientras otras no lograron ver los resultados de su esfuerzo, porque fueron asesinadas por el poder de turno. Ellas ofrendaron sus vidas, para que todas nosotras hoy podamos vivir mejores días.
El 8 de marzo de 1857 las trabajadoras de la confección (garment workers) de la ciudad de Nueva York fueron quienes organizaron una huelga. Ellas pelearon para que hubiera salarios más justos y condiciones laborales más humanas. Sin embargo, al momento de alzar la voz, agentes de policía detuvieron y encarcelaron a muchas lideresas.
El 8 de marzo de 1908 (51 años después) cerca de 15.000 trabajadoras vuelven a tomase las calles de Nueva York, en esta ocasión para exigir aumento de salarios, menos horas de trabajo, demandar el derecho al voto y la prohibición del trabajo infantil. El eslogan que utilizaron fue “Pan y Rosas”; el pan representaba la seguridad económica, y las rosas, una mejor calidad de vida.
El 25 de marzo de 1911 trabajadoras textiles, inmigrantes en su mayoría de Europa del este e Italia, en la fábrica Triangle Shirtwaist de la ciudad de Nueva York se declararon en huelga por igualdad salarial y de horas laborales. Esta vez fueron reprimidas con tal brutalidad que se produjo un trágico incendio, al no poder salir del edificio fallecieron 123 mujeres y 23 hombres. Este acontecimiento tuvo incidencia política en la legislación laboral norteamericana por lo que se reconoció algunas reivindicaciones. Poco tiempo después, los movimientos sindicalistas y socialistas convirtieron esta lucha como el símbolo del Día Internacional de la Mujer.
No fueron rosas, ni dádivas, fueron vidas las que se ofrendaron para concretar conquistas y reconocimientos laborales.
Pero este hecho no quedó en el lamento, por el contrario, se gestó el movimiento de las mujeres sufragistas en Europa y en América, se demandó el derecho a ejercer el voto y a ser consideradas como ciudadanas en cada una de las naciones.
En el caso del Ecuador surgió una lideresa maravillosa, la primera entre las primeras, nuestra Matilde Hidalgo de Prócel. Fue pionera en la exigencia por el sufragio, no solo en el país sino de Latinoamérica. Gracias a su trabajo hoy podemos ejercer participación política, no solamente votar, sino ser elegidas. A Matilde nadie le regaló rosas, tuvo que sufrir mucho para que sus ideales sean reconocidos. Hoy podemos gozar al ver candidatas a Presidentas, Vice Presidentas del país, tenemos alcaldesas, prefectas, concejalas, presidentas y vocales de los gobiernos parroquiales. ¡Cuánto hemos conseguido avanzar!
Sin la lucha de las sufragistas a nivel mundial, sin el sufrimiento en las cárceles, sin la pérdida de vidas y sin su gran convicción, en la actualidad no disfrutaríamos de este derecho ciudadano. Sin estas gestas históricas, inclusive hoy, no tendríamos la posibilidad de escribir estas letras, ni leer estas notas. Tengan la seguridad que estaríamos sentadas detrás del patio trasero de las casas, esperando que llegue el hombre con quien vayamos a vivir y seguir una tradición oculta detrás de una vida llena de sufrimiento, en la que ser “buena mujer” era símbolo de ser aguantadora y sacrificada, entregada a la familia y cumpliendo el rol asignado por una sociedad patriarcal.
Hoy las mujeres ingresan a la universidad, a estudiar todas, absolutamente a todas las profesiones; sin embargo, el tiempo para culminar la carrera es más largo que el de los hombres. El abandono de la carrera se produce a causa de la situación económica; para las mujeres hay otras causas, y más graves, como la gestación, el tener y atender su hijo/a, o desgraciadamente porque su pareja no le permite continuar los estudios.
Cuando las jóvenes en la actualidad manifiestan que ya no permiten ni viven situaciones de violencia y que hoy tienen el mundo en sus manos; les recuerdo que la igualdad no es cuestión de suerte, que aún 6 de cada 10 mujeres en el Ecuador indican ser víctimas de alguna forma de violencia (en Imbabura son 8 de cada 10).
Por eso creemos y estamos convencidas que la lucha del 8 de marzo está más vigente que nunca. Está vigente en cada logro conquistado por miles de mujeres que ocupan un trabajo digno; al reconocer tanto el trabajo no remunerado del hogar cuanto el trabajo de aquellas que logran llegar a un espacio real, el de las científicas, de las lideresas empoderadas, de las deportistas en disciplinas que nunca fueron permitidas para nosotras y que hoy son orgullo del país como campeonas olímpicas; de las que están en diferentes ramas de las fuerzas armadas y policiales. En fin, hoy ellas permiten a nuestras niñas soñar en que un día sí podrán llegar a ser astronautas, generalas, campeonas mundiales, conductoras profesionales, campeonas de automovilismo y boxeo, presidentas de una nación, prefectas, alcaldesas, etc.
La tarea continúa con más vigor y convicción porque todavía más del 60 % de mujeres no pueden concluir sus estudios básicos y universitarios, porque más del 70 % viven situación de violencia de género. Pero más grave es que en el Ecuador, cada 3 horas una joven, una niña o adolescente es víctima de un delito sexual; cada 30 minutos hay una llamada de auxilio al 911 por víctimas de violencia intrafamiliar; hay víctimas de acoso laboral, aún se escucha “ojalá valgan para algo, se metieron a trabajar ahora que aguanten”; en ciertos trabajos solo acceden quienes presentan certificados de no estar embarazadas. En el año 2021, 188 mujeres perdieron la vida como víctimas de femicidio, a pesar que sus parejas o ex parejas juraron “amarles para siempre”.
No es momento para descansar porque mientras haya un solo ser que sea víctima de cualquier tipo de violencia, es nuestra responsabilidad estar juntas exigiendo justicia y reparación; quedarse calladas, con mirada de observadoras o de recriminadoras, nos convertirá en cómplices o actores intelectuales de la violación de derechos a nuestras hermanas.
Por las mujeres del 8 marzo, por las que les antecedieron en su causa, por las que ofrendaron su vida para que hoy tengamos garantías, nuestra voz y nuestro puño levantado. Es hora de la unidad, hora de estar juntas fortaleciendo al movimiento nacional; reivindicar que una vida sin violencia es posible y luchar junto a los hombres por una sociedad más justa y equitativa.
La frase destacada:
No fueron rosas, ni dádivas, fueron vidas las que se ofrendaron para concretar conquistas y reconocimientos laborales.


Sobre la Autora invitada Elena Larrea:
Integrante de la Red Provincial para la Atención Integral a las Víctimas de Violencia Intrafamiliar, de Género y Sexual de Imbabura REDIF; ex coordinadora de la Red Solidaria de Mujeres de Imbabura; activista de los derechos humanos, en especial de las mujeres y eliminación de cualquier forma de violencia desde hace 30 años. Hoy consultora e investigadora en temas de derechos humanos, movilidad humana y grupos de atención prioritaria.