Responsabilidad Social Universitaria

Diario El Norte
Uno de los capitales principios de la academia es, sin duda, la RESPONSABILIDAD SOCIAL. Este postulado obliga a responder la crucial pregunta: ¿cuál es el fin último del alma mater: ¿contribuir a la solución de los acuciantes problemas y necesidades de un país o formar profesionales para satisfacer sus anhelos de alcanzar el oropel capitalista? Los miembros de la institución se apurarán en elegir la primera opción. Pero el dilema es que la realidad no avala esta declaración.
Sobre el asunto, bien vale una breve disquisición. Debe quedar claro que, en la concreción cabal de las misiones universitarias, está el futuro de un país y hasta del mundo. No es que se pretenda erigir a la academia en líder único que puede conducir a la edificación de la nueva sociedad, bien sabemos que existen protervas fuerzas hegemónicas que impiden la realización de esta utopía. Pero, el lector estará con nosotros en que una entidad cuyos máximos emblemas son la inteligencia, la ciencia, la ética, el humanismo, la fraternidad, la preservación de la Madre Tierra… es la llamada a acaudillar la transformación del mundo. El razonamiento es simple: si en el mundo existen cientos de millones de titulados universitarios, lo menos que se puede esperar es que el planeta haya logrado paliar los agobiantes males que lo abaten. En el caso ecuatoriano, si sabemos que sus universidades han graduado cerca de 3 millones, la pregunta se impone: ¿en qué grado este enorme potencial ha provocado cambios sustantivos en la estructura socioeconómica del país? Si los profesionales disponen de los atributos de pensamiento crítico, responsabilidad social y contribución a los procesos de liberación nacional, capacidades otorgadas por sus instituciones, ¿cuánto de esta fortaleza ha logrado cambios en las diferentes áreas sociales? No es complejo suponer que este tipo de graduados por su alta formación académica, no se diga los doctorados, son los más llamados a edificar una nación donde exista la justicia social, el trabajo digno, el desarrollo comunitario, la preservación ecológica y su propio crecimiento personal.
Por desgracia, las evidencias demuestran que este conglomerado muy poco ha aportado a estos trascendentales fines. Aunque muchos de estos titulados han surgido de los estratos deprimidos, estos sectores apenas si constatan su presencia en favor del bien común. Parecería que el cartón le hubiese internalizado un exacerbado individualismo.
Es preciso recordar que en la entidad superior se han graduado abogados, ingenieros, médicos, economistas, docentes, técnicos, periodistas, genetistas, sociólogos, ambientalistas… que debían haber adquirido altos conocimientos y habilidades técnicas, eticidad, compromiso social, todo lo cual les debería haber habilitado para construir otra realidad. Si este postulado es cierto, ¿por qué el Ecuador se debate en una profunda crisis en todos los órdenes, político, económico, educativo, moral…?
Pero las inquietudes siguen ¿Cuál ha sido el papel de las entidades que se vanaglorian de excelencia, para cumplir con las aspiraciones citadas? En particular ¿a quién sirve las instituciones privadas y confesionales?
Si se quiere extrapolar el análisis anterior al mundo, tendríamos que hacernos las mismas preguntas: una población, cada vez mayor que egresa de la academia ¿ha coadyuvado a hacer del planeta un lugar digno de vivir para la mayoría de sus habitantes?
Ante estas dudas, el lector con seguridad nos puede espetar que los admirables adelantos en la medicina, la producción agrícola y pecuaria, la informática, la infraestructura, los medios de comunicación, los viajes espaciales, el transporte y otros avances, serían muestras de lo que han generado las universidades, sobre todo en el primer mundo, con la preparación brindada a sus egresados en las diferentes especialidades.
Nosotros aceptaríamos esta réplica; sin embargo, nos asalta la duda: si todas estas maravillas realmente han servido para que los hombres y las mujeres que pueblan los continentes, satisfagan sus necesidades vitales: alimentación salud, trabajo, vivienda, educación.
Si quisiéramos exponer una breve estadística de la lacerante situación que viven las tres cuartas partes de la humanidad, necesitaríamos muchos folios. Animamos al lector o lectora a consultar los informes anuales de la Fundación OXFAM y otros organismos internacionales, para que tomen plena conciencia de la real condición socioeconómica del mundo. A los datos de dichos informes, es necesario agregar las innumerables guerras y violencia de todo tipo que causan muerte y sufrimiento, la polución del aire, el envenenamiento de los suelos por tóxicos químicos, la devastación forestal, la contaminación de mares y ríos, la ubicua corrupción, la alienación de los seres humanos y un lago etcétera.
Aun así, pueden decirnos que estos aciagos males no son producto del trabajo de las universidades, en ninguna parte del orbe. Ciertamente, pero no podrá negar que los millones de graduados han sido parte, directa o indirecta, con su inteligencia y sus manos, para diseñar y fabricar armas; producir venenos químicos, medicinas con graves efectos colaterales; crear modelos económicos que causan pobreza y hambre a los pueblos; aplicar estrategias contables que favorecen la usura; concebir manipulaciones mediáticas que inducen a la gente al consumismo; emitir dictámenes judiciales que favorecen a los gobernantes y a las élites; inventar artificios tecnológicos que provocan la desocupación de millones de obreros; idear estrategias administrativas orientadas al aprovechamiento de los recursos humanos; fabricar alimentos lesivos a la salud humana; introducir productos transgénicos; planear maniobras geopolíticas para subyugar naciones emergentes. Obviamente, es posible agregar otras áreas donde los profesionales juegan un papel importante y hasta determinante.
Junto a estas actuaciones, es procedente inquirir ¿dónde se graduaron los que detentan el poder económico, político, tecnológico, militar, mediático? Asimismo, ¿en qué centros se titularon los profesionales que se ponen al servicio de dichas elites?
Entonces, a quien culpar de la crisis civilizatoria que agobia al mundo. ¿Quizás a la academia por no haber internalizado una elevada responsabilidad social en sus egresados, o tal vez al régimen dominante que controla los sistemas educativos?
A nuestro juicio, sería una acusación falaz e indignante sostener que la academia mundial sea la responsable del nefasto orden planetario. ¿Qué pasaría en el mundo, si sus titulados se negaran a trabajar para los acaudalados que generan hambre, atraso, violencia, devastación de la Tierra y todos los males citados? ¿Podrá la universidad enfrentar y abatir al engendro, formando profesionales con una sólida conciencia ético-social?
Pero si el sistema neoliberal a cooptado a la universidad y la ha puesto a su servicio, ¿puede el Alma Mater oponerse a este oprobioso dominio y tratar de edificar otra realidad, formando profesionales con alta responsabilidad social?
La frase destacada:
En el caso ecuatoriano, si sabemos que sus universidades han graduado cerca de 3 millones, la pregunta se impone: ¿en qué grado este enorme potencial ha provocado cambios sustantivos en la estructura socioeconómica del país? Si los profesionales disponen de los atributos de pensamiento crítico, responsabilidad social y contribución a los procesos de liberación nacional, capacidades otorgadas por sus instituciones, ¿cuánto de esta fortaleza ha logrado cambios en las diferentes áreas sociales?


Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo:
Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.