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A propósito del Bicentenario

Diario El Norte

Como es de conocimiento general, el 24 de mayo de 2022 se cumplen 200 años de la Batalla de Pichincha, acontecimiento que selló la independencia de nuestro país de la dominación española.

Con este propósito, escribí en este mismo espacio un par de artículos relacionados con el pensamiento emancipador de 1809, destacando la presencia de una tendencia filosófica proveniente de la tradición española, conocida en el mundo académico como “Escolástica”. Por supuesto hice referencia a esta corriente en su fase de renovación que facilitó la construcción de doctrinas progresistas y hasta revolucionarias para la época.

Quiero concluir esa serie de artículos señalando la motivación que me llevó a escribir sobre un tema que, por su propia naturaleza, resulta poco atractivo para el lector medio. Y quiero compartirlo con el público esperando coincidir con ustedes en las siguientes apreciaciones.

El hecho es que siempre me preocupó el problema de las influencias extranjeras no solo en nuestro pensamiento sino en nuestro mismo modo de ser. Yo mismo en mi juventud admiré más a Nietzsche, Herman Hesse y Dostoyevski, por solo citar tres autores que me apasionaron, más que a Eugenio Espejo y Juan Montalvo. Cuando tuve, durante mis estudios universitarios, la oportunidad de conocer a nuestros pensadores, al mismo tiempo que empecé a valorar su pensamiento como expresión de nuestra propia identidad, también descubrí que grandes y famosos intelectuales latinoamericanos seguían y siguen admirando más a Europa o Norteamérica que a su propia tierra, y que toda su filosofía es una apología de las bondades de la “civilización” occidental, a la cual, según ellos, debemos imitar si queremos salir del subdesarrollo, de la pobreza y del atraso.

La sana indignación que, secretamente, me provocaban estas ideas, marcó el rumbo de muchos senderos por los cuales transité

A partir de entonces, orienté mis inquietudes intelectuales hacia la búsqueda de los rasgos originales de nuestra filosofía, que nos permitiesen participar en el concierto internacional con nuestra propia personalidad. Admitir que no somos la lumbrera que fueron los romanos, ni que tenemos la misma capacidad especulativa que los griegos, pero que tenemos una forma peculiar de pensar y de expresar nuestro pensamiento, sin necesidad de imitar a nadie, y sin pretender que sea ni más ni menos valioso que los otros.

Entonces encontré una veta de pensamiento que estaba presente en las raíces de nuestra nacionalidad latinoamericana, que si bien la ilustración francesa, con todo su brillo y esplendor, había llegado a nuestras tierras y había logrado formar las mentalidades de muchos criollos rebeldes con un pensamiento renovador, crítico; también encontré que el pueblo ecuatoriano, aquel de la revolución de los estancos, el de los grafitis en las paredes, ese pueblo de San Roque, San Sebastián, El Tejar, etc. eligió el primer gobierno independiente del Ecuador en 1809, motivado también por otras ideas que no eran las ilustradas. De hecho, según los historiadores, en muchos intelectuales y en el pueblo la ilustración francesa era sospechosa de ateísmo, herejía y amante de la violencia, debido a las noticias que llegaban sobre las acciones de la revolución francesa.

Estas ideas provenían de una corriente filosófica a la cual ni los historiadores ni los intelectuales habían prestado mucha atención. Al menos, hasta bien entrado el siglo XXI. Y era una corriente filosófica que se había construido en nuestras tierras por frailes que vinieron de Europa después de la Conquista y que levantaron sus hogares en estas tierras y vivieron en estas tierras, y basados en la vida que vivieron en estas tierras construyeron todo un andamiaje teórico para defender a los indios. Unos se involucraron en una lucha a muerte contra los encomenderos, para probar que el indio sí es humano, sí tiene alma. Otros entablaron una polémica aguda para destronar la idea dominante del origen divino de los reyes, y sustituirla por la idea de que el pueblo es el único soberano, depositario el poder político. Esta idea marcó la acción de los líderes rebeldes de 1809, quienes depusieron al Conde Ruiz de Castilla y formaron una Junta Suprema de gobierno, cuyo ejemplo se extendió por todo lo que hoy es América Latina.

Alguien podría preguntarse y no sin razón: en el fondo, ¿qué más da si fueron las ideas de la escolástica renovada o fueron las ideas de la ilustración francesa las que orientaron la acción de los rebeldes? Total, lo que importa son los hechos.

Sin embargo, detrás de esos hechos se encuentra un problema de fondo: ¿lo pensamos nosotros o nos dieron pensando?, ¿lo hicimos nosotros o nos dieron haciendo? La respuesta marca el carácter de la identidad colectiva de nuestros pueblos, el sello de identidad, el carácter de nuestra personalidad.

Ahora bien, ¿por qué me interesaron estas ideas? Porque eran nuestras, se habían fraguado en nuestras tierras, al contacto con el dolor y la sangre de los indios derramada por los encomenderos. Eran los primeros ensayos de la democracia, a nuestro estilo, bajo el sello ciertamente de España, pero, ¿quién puede negar la herencia española que llevamos todos? Cierto es que los frailes que construyeron todo este andamiaje teórico nacieron en España, pero no es menos cierto también que en las universidades coloniales estos frailes formaron a sus discípulos criollos. Y el problema no es tanto quién lo hizo, si fue español, ecuatoriano o chileno. El problema es el sujeto histórico. Bartolomé de las Casas fue español, pero todo su pensamiento fue producido al contacto con la realdad de la conquista y la colonización. Fue más americano que muchos americanos nacidos en tierras americanas. América Latina fue el sujeto de este pensamiento.

Gran parte de las afirmaciones que hice en aquellos artículos y que hago en el ensayo que próximamente estará exhibiéndose en la plataforma de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura, no pasan de ser hipótesis. Sin embargo, al conmemorarse una fecha tan importante como es el Bicentenario, el mejor homenaje que podemos hacer los intelectuales que formamos parte de la mencionada Escuela es sustituir las loas y los mitos de los “héroes” por el pensamiento crítico, por la reflexión sobre nuestras raíces: qué aportó España en el proceso de construcción de nuestra personalidad histórica, y qué aportamos nosotros como americanos a España y al mundo, en igualdad de condiciones.

La frase destacada:

Cierto es que los frailes que construyeron todo este andamiaje teórico nacieron en España, pero no es menos cierto también que en las universidades coloniales estos frailes formaron a sus discípulos criollos. Y el problema no es tanto quién lo hizo, si fue español, ecuatoriano o chileno. El problema es el sujeto histórico. Bartolomé de las Casas fue español, pero todo su pensamiento fue producido al contacto con la realdad de la conquista y la colonización.

Sobre el Autor Marcelo Villamarín Carrascal:

Doctor en Filosofía, ex docente universitario de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Obras Publicadas: El arte de vivir con sentido (2005), Retos de la Asamblea Constituyente (2006), Socialismo y Revolución Ciudadana (2016), Ideas Filosóficas de Imbabura (2019)

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About Marcelo Almeida Pástor

Ph.D en Ciencias de la Educación (Universidad de La Habana-Cuba), Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa y Diplomado Superior en Planificación Estratégica (Universidad Nacional de Loja); Especialista en Educación para el Desarrollo Sustentable y Licenciado en Ciencias de la Educación especialidad Idiomas (Universidad Técnica del Norte); Profesor Jubilado en la Universidad Técnica del Norte en la Facultad de Posgrado: ex Profesor en: Universidad Tecnológica Indoamérica, Pontificia Universidad Católica del Ecuador sede Ambato y Esmeraldas; ex Profesor y ex Coordinador Maestría Pedagogía mención Currículo (presencial y en línea), ex Profesor y ex Coordinador Maestría en Innovación en Educación, mención Pedagogía y Didáctica con enfoque Basado en Competencias (modalidad presencial) en Universidad Técnica del Norte; Socio Fundador, ex Secretario Pro tempore de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura; Coordinador del Comité Editorial Página Pido la Palabra. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Ibarra, Socio Adherente de la Sociedad Artística de Otavalo.