Cerrar la Universidad

Parece un desatino el título del presente artículo, pues negaría la existencia de una entidad social que ha dado sustento intelectual y material a millones de seres humanos. Y, sin embargo, los últimos acontecimientos generados por la revolución tecnológica, obligan a todos, más que nada a quienes hemos tenido la oportunidad de cultivar el conocimiento y la reflexión, a dedicar análisis a los graves atentados de la tecnología contra el futuro ocupacional de las futuras generaciones.
Aunque nuestros centros tengan mínimo espacio para intervenir en el rumbo que deba seguir la Inteligencia Artificial (IA), su responsabilidad conmina a plantear ideas que pueden orientar el camino a seguir en los tiempos que vienen. Estas cavilaciones pretenden alertar a los nóveles aspirantes a la educación superior, sobre sus decisiones vocacionales, ante la perspectiva de las trasformaciones radicales en el campo laboral.
Sería demasiado extenso solo enunciar los graves impactos de la IA en las estructuras y funcionamiento de las Carreras profesionales; aún más, sobre la existencia misma de la Universidad. El problema más visible es la terrible acometida de las nuevas tecnologías contra la academia, sobre todo en la empleabilidad.
Si múltiples especialistas, aseguran que en pocos años un elevado número de trabajos y profesiones serán eliminados o sustituidos por los avances de la IA, ¿qué objeto tiene seguir graduando profesionales para un mercado ocupacional que será llenado por los algoritmos y la robótica? Los expertos aseguran que profesiones como: periodismo, medicina, abogacía, economía, contabilidad, administración, ingeniería, diseño, bibliotecología… casi no tendrán presencia en el porvenir cercano, resulta todo un sinsentido que las entidades universitarias continúen otorgando títulos en estas especialidades. Nos acercamos a una sociedad sin trabajo, afirma Yabal Harari, la economía de la siguiente década apenas si necesitará algunos trabajadores manuales.
No obstante, es posible que los aspirantes a técnicos en programación, se sientan a buen recaudo, pero las evidencias muestran que los ingenios algorítmicos serán más capaces que los mismos programadores humanos. Las grandes empresas despiden enormes cantidades de estos especialistas.
La docencia no está exenta de ser descartada en pocos años. Parecería un dislate esta posibilidad, pero si las máquinas pueden cumplir, con mayor eficiencia, las tradicionales tareas de transmitir conocimientos, adiestrar en varias habilidades y evaluar aprendizajes de los estudiantes, no habría razón para capacitar profesores.
En concordancia con esta realidad, no debe descartarse la idea de algunas instituciones que estarían dispuestas a comunicar a los solicitantes que las Carreras mencionadas no serían abiertas. Esta decisión, en cierto modo, demostraría una actitud sincera hacia los jóvenes. Obviamente, esta notificación sería un severo golpe para la juventud que durante centurias ha visto a la academia como una alternativa válida que les proporcione una opción ocupacional y una vida digna. Desde luego, para los centros que han hecho negocio con la educación superior, esta decisión jamás puede estar en sus planes.
Para volver más sombrío el panorama, el dogma neoliberal de la reducción del Estado, deja al margen numerosas oportunidades de trabajo para la juventud. Es fácil colegir el atentado en el que incurren los Gobiernos que comulgan esta ideología.
No obstante, los objetores a admitir que enseñanza universitaria pueda ser reemplazada por los algoritmos, suelen acudir a los rasgos humanos de la formación profesional, con el fin de justificar su presencia. Casi todos aseguran que las manifestaciones afectivas como la empatía, la comunicación fraterna, el interés por el crecimiento personal de los pacientes, educandos o clientes, son rasgos que jamás podrán ser cumplidas por ningún artilugio tecnológico, por muy sofisticados que sea. Puede haber mucha verdad en este alegato, pero entonces, las instituciones deberían dedicarse a promover y desarrollar los atributos humanísticos, más que las operaciones técnicas. El grave dilema es que si los hombres y las mujeres que pueblan la Tierra han sido moldeados por los antivalores capitalistas: individualismo, rivalidad, egoísmo, meritocracia, ¿cómo se espera que las entidades educativas pretendan internalizar los valores de genuina comprensión del otro, solidaridad, interés por los semejantes, preocupación por el bien común? En la selva neoliberal, lo único que impera es el darwinismo social, el “sálvese quien pueda”.
No resulta complejo inferir que, si la academia pretende asumir la formación de los jóvenes, tendrá que generar cambios sustanciales en su misión, fines y procesos académicos; es decir, dedicarse a fomentar los rasgos humanistas de sus miembros, si es que aspira a justificar su presencia en la sociedad. Se trata de una tarea imprescindible frente al ubicuo maquinismo que se avecina.
De hecho, cualquier innovación que pretenda contrarrestar la omnipotencia de la IA, parece ser un ideal imposible. Si los descubrimientos e inventos tecnológicos responden a la visión de la máxima rentabilidad monetaria, de las grandes corporaciones capitalistas y a los afanes imperialistas, resulta ilusorio pensar que los sometidos y admiradores de la IA, puedan enfrentar la desaforada codicia de los billonaros tecnológicos y el demencial deseo de controlar el planeta. Inclusive, las legislaciones de los países del Primer Mundo, se muestran impotentes para regular el embate de las corporaciones como Open IA, Tesla, Google, Apple, NVidia, Anthropic, Meta, Amazon, que, hoy por hoy, se constituyen en los nuevos amos del mundo. Resulta, pues, toda una quimera creer que los ciudadanos comunes podamos oponernos a tan inconmensurable poderío.
En este escenario, ¿cuál es el papel que le corresponde desempeñar al Alma Máter de todas las naciones? Por demás complejo exponer respuestas concretas a este crucial dilema. Lo hechos demuestran que estamos condenados a seguir el rumbo trazado por el tecnofeudalismo (vigilancia total, control absoluto, gobierno de tecnócratas), aunque nos lleven al holocausto. En tal virtud, el supuesto que la IA, puede ser una gran ayuda para las sociedades y el crecimiento humano, no tiene sustento.
¿Acaso alguien está dispuesto a creer que la Universidad puede formar el pensamiento crítico de sus miembros, profesores, estudiantes y empleados, que les posibilite oponerse a este poder omnímodo?
Si esta trascendental misión es una simple ilusión, entonces que los centros continúen en la inveterada tarea de preparar profesionales para un mundo laboral que no existirá, y capacitando profesionales para ser siervos del tecnofeudalismo. Triste papel de una institución social cuya principal finalidad es preparar jóvenes dispuestos a transformar la sociedad.
Puede concluirse que la ineludible disyuntiva es: cerrar la Universidad al maquinismo alienante o abrir la del humanismo liberador. En esta disyuntiva, se juega la pervivencia del ser humano o su aniquilación.
La frase destacada:
“…si la academia pretende asumir la formación de los jóvenes, tendrá que generar cambios sustanciales en su misión, fines y procesos académicos; es decir, dedicarse a fomentar los rasgos humanistas de sus miembros, si es que aspira a justificar su presencia en la sociedad. Se trata de una tarea imprescindible frente al ubicuo maquinismo que se avecina”.
Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo:
Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.