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El ocaso de la Academia

Diario El Norte

Quizás el epígrafe de este artículo pueda parecer una ofensa al ascendiente de la educación superior en cualquier sociedad. Pero las evidencias de los tiempos posmodernos, obligan a preguntarnos si la máxima entidad del pensamiento está respondiendo a las cruciales circunstancias socioeconómicas y culturales que sobrelleva el mundo. Si esta gran finalidad tiene escaso cumplimiento, entonces no es tan injusto el término declive.

Pues sí, la Universidad como la conocimos en el siglo pasado, referente del pensamiento libertario, pertinente, crítico, está llegando a su fin. Ahora, la acción instrumental del mercado le ha impuesto fines espurios. Difícil negar que el triunfante neoliberalismo puede vanagloriarse de haber sometido al último reducto de resistencia que tenía la humanidad. Atrás han quedado las viejas utopías de Córdoba de la responsabilidad social, la participación activa de sus miembros en las luchas emancipatorias, contestatarias, en la defensa de la naturaleza y en el desarrollo de los ideales humanistas. Ahora, tenemos, a nivel planetario, una institución al servicio de los inmorales y repulsivos intereses de las élites nacionales e internacionales que privilegian la codicia material.

Si alguien considera que estos juicios son exagerados o propios de un izquierdismo trasnochado, solo hace falta presentarles las evidencias más crudas de esta realidad. Ciertamente exponer pruebas, requeriría libros enteros, por lo que solo se presentan de manera escueta algunos hechos ignominiosos.

Según la CEPAL, el número de profesionales en América Latina bordea los cien millones; en nuestro país, la cifra se acerca a tres millones. De estos números, surge la obligada pregunta: ¿qué transformaciones socioeconómicas podrían haber generado este cúmulo de titulados, si hubiesen adquirido capacidades y valores de pensamiento crítico, responsabilidad social y el compromiso con los procesos de liberación nacional? No es complejo suponer que esta clase de graduados, por su formación académica, son los más llamados a edificar una sociedad donde exista la justicia social, el trabajo digno, la ética, la preservación ecológica y su propio crecimiento personal.

Sobre el asunto, el célebre pensador Noam Chomsky es muy claro: “La universidad o es subversiva o no es universidad”. Sin lugar a dudas, resultaría incomprensible que un centro depositario de lo más alto del intelecto humano, pueda formar jóvenes para que acepten y hasta consoliden el statu quo injusto y opresivo. De hecho, los fundamentales conocimientos científicos y culturales que deben ostentar, son los inapreciables insumos que les permiten comprender los acontecimientos y causas de la realidad nacional y mundial, así como vislumbrar alternativas de transformación.

De igual modo, estas potencialidades son herramientas que posibilitan el develamiento de los dogmas, mentiras, mixtificaciones, desinformaciones a los cuales recurren los poderes fácticos, en su afán de dominio, planetario y nacional. ¿Cómo aceptar que graduados se conviertan en siervos, de modo consciente o inconsciente, del oprobioso orden capitalista?

Tal vez, no sea injusto afirmar que el país que tenemos, es producto de la educación superior que tenemos. Todos los miembros del Alma Máter deberían dedicar amplios espacios a meditar esta sentencia. De no hacerlo, estarían dando la espalda a su país.

Resulta, pues, paradójico que su formación académica, de cuatro años o más, haya sido útil solo para velar por su propio beneficio y ponerse a órdenes del capital. El pensador Everett Reimer advertía: “Los países destinan ingentes recursos económicos del pueblo al sostenimiento de la educación superior, para que al final sus graduados se pongan al servicio de los ricos”. En otras palabras, su preparación les ha llevado a asimilar actitudes esencialmente economicistas, inducidas por una sociedad que valora el dinero por sobre cualquier otra aspiración humana o social. Este comportamiento se ve reforzado por la internalización de los valores culturales de las metrópolis, negando y hasta despreciando, su propia identidad cultural. Al final, llegan a ambicionar una vida holgada, de estatus y de lujos. Viven toda su existencia ansiando alcanzar o imitar el “sueño americano”, local o del Norte. Es la “blanquitud” que denunció Bolívar Echeverría.

Otra muestra dolorosa es el mutismo propio de los cementerios que reina en la academia. A lo sumo es posible observar las eventuales acciones electoreras, que responden al mangoneo de los caciques politiqueros.

Atrás quedaron las protestas callejeras, las proclamas panfletarias, los manifiestos en los medios, los debates en los paraninfos, la presencia en las luchas de los movimientos sociales… Ciertamente, aunque estas expresiones pueden haber pecado de estériles o simples descontentos juveniles, por lo menos la presencia de la universidad era notoria, su voz constituía la expresión de la indignación popular y las exigencias de los menos favorecidos. Asimismo, era evidente la actividad de muchos docentes e intelectuales, cuyas reflexiones teóricas orientaban las revueltas estudiantiles. Ahora, cunde el mutismo sepulcral. Cuánta nostalgia nos causa recordar los versos de “Me gustan los estudiantes”, de Violeta Parra.

En este escenario de silencio y abulia, cada institución está ocupada trasmitiendo conocimientos o adiestrando a los estudiantes en las operaciones de su futuro trabajo. Por consiguiente, no tienen interés en analizar los terribles problemas que azotan al país; tampoco develar las asechanzas de las ideologías retardatarias, ni participan en las acciones comunitarias de resistencia. Mucho menos alzar su puño rebelde contra la injusticia, la corrupción y el saqueo transnacional. Profesores y estudiantes permanecen encerrados en su torre de marfil, incontaminados con las dramáticas condiciones del pueblo. Es decir, la intrascendente actividad didáctica y burocrática les impide producir ciencia, pensamiento, que puedan implementarse en el desarrollo social, productivo, cultural de su entorno.

He aquí más pruebas concretas del silencio cómplice de la academia frente a los desafueros y agresiones del sistema.

¿Cuáles han sido los manifiestos de las Escuelas de Derecho, ante la corrupción de la Justicia? Si callan, a lo mejor sea por la existencia de muchos jueces venales que han egresado de sus aulas. ¿Qué pronunciamientos sistemáticos exponen las Facultades de Economía para demostrar las falacias de los dogmas neoliberales que han generado enormes inequidades sociales? Las Escuelas de Sociología, ¿han dedicado amplios espacios al estudiar las causas estructurales de la creciente delincuencia, femicidios, violencia y narcotráfico? ¿Qué propuestas han divulgado las Escuelas de Recursos Naturales para combatir el criminal exterminio de nuestros bosques? Los centros formadores de Periodistas, ¿han planteado estrategias orientadas a desterrar la ubicua manipulación mediática que pervierten el comportamiento de nuestros niños y jóvenes? ¿Cuál ha sido la intervención de las Facultades de Medicina para desenmascarar el inhumano empleo mercantil de la medicina y los fármacos? ¿Qué dicen las Licenciaturas de Psicología sobre el aumento de los cuadros depresivos, adicciones y las acciones autolíticas en nuestras sociedades? ¿Qué publicaciones de las Facultades de Pedagogía han sido destinadas a combatir el modelo educativo empresarial-tecnocrático que profundiza la dependencia de nuestra nación? Las Carreras tecnológicas, ¿han difundido estudios sobre los atentados a nuestros países y a sus habitantes por el empleo acrítico de las nuevas tecnologías? ¿Qué han dicho las autoridades ante la reducción del presupuesto de la Educación Superior?

En general, ¿Cuál es la posición de los miembros de la academia ante los intentos de convertir a los profesores, empleados y estudiantes en “tontos útiles”, al servicio de las ideologías reaccionarias de derecha? De hecho, la pérdida de la dignidad de los académicos, les imposibilita asumir su papel de formadores de los nuevos profesionales y ser artífices del cambio social.

Valley News – Shawn Braley

La frase destacada:

Otra muestra dolorosa es el mutismo propio de los cementerios que reina en la academia. A lo sumo es posible observar las eventuales acciones electoreras, que responden al mangoneo de los caciques politiqueros.

Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo

Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.

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About Marcelo Almeida Pástor

Ph.D en Ciencias de la Educación (Universidad de La Habana-Cuba), Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa y Diplomado Superior en Planificación Estratégica (Universidad Nacional de Loja); Especialista en Educación para el Desarrollo Sustentable y Licenciado en Ciencias de la Educación especialidad Idiomas (Universidad Técnica del Norte); Profesor Jubilado en la Universidad Técnica del Norte en la Facultad de Posgrado: ex Profesor en: Universidad Tecnológica Indoamérica, Pontificia Universidad Católica del Ecuador sede Ambato y Esmeraldas; ex Profesor y ex Coordinador Maestría Pedagogía mención Currículo (presencial y en línea), ex Profesor y ex Coordinador Maestría en Innovación en Educación, mención Pedagogía y Didáctica con enfoque Basado en Competencias (modalidad presencial) en Universidad Técnica del Norte; Socio Fundador, ex Secretario Pro tempore de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura; Coordinador del Comité Editorial Página Pido la Palabra. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Ibarra, Socio Adherente de la Sociedad Artística de Otavalo.