La Batalla de Ibarra y el pensamiento de sus protagonistas I Hechos históricos
Diario El Norte
Después de la Batalla de Pichincha de 1822, comenzó el proceso de institucionalización del nuevo Estado grancolombiano. Sin embargo, persistieron en el norte de lo que hoy es el territorio del Ecuador algunos focos de resistencia. Particularmente peligrosos fueron los levantamientos ocurridos en el Departamento de Pasto que entonces pertenecía a la Real Audiencia de Quito, y hoy a la hermana República de Colombia. La obstinación de los realistas fue abatida en la Batalla de Ibarra el 17 de julio de 1823.
Me propongo en la presente serie de artículos rememorar, a propósito de las celebraciones del Bicentenario de la Batalla de Ibarra, los principales acontecimientos relacionados con este hecho, y con base en ellos reflexionar sobre algunas manifestaciones del pensamiento emancipador que confluyeron en la construcción del estado republicano poscolonial.
La resistencia pastusa
Con el triunfo de los patriotas en las faldas del Pichincha, la provincia de Pasto, católica, conservadora y fiel a la monarquía, fue invitada por el mariscal Antonio José de Sucre a firmar un armisticio para entregar la Plaza a las nuevas autoridades Según narra Cristóbal Gangotena y Jijón, la noticia de la rendición provocó el amotinamiento del pueblo pastuso, “más realista que Fernando VII” (Gangotena, 1923, p. X), y solo la intervención del prelado don Salvador Jiménez de Enciso, conocido personaje fiel a la monarquía, logró convencerlo para aceptar la rendición. La Plaza fue entregada al Libertador el 8 de junio de 1822.
Este fue solo uno de los tantos episodios de resistencia que afrontó el ejército de Bolívar. Cuatro meses después, los “indomables pastusos” (Gangotena y Jijón, 1923) provocaron una nueva insurrección bajo el mando del teniente coronel don Benito Boves, cuyo brazo derecho era el coronel Agustín de Agualongo, un indígena procedente de los Pastos, enrolado en las filas realistas once años atrás. Ascendió progresivamente de rango a lo largo de trece años. Cuando dirigió la Batalla de Ibarra ostentaba el grado de coronel.
En respuesta, el general Antonio José de Sucre lanzó una enérgica ofensiva el 24 de diciembre de 1822. Fue una victoria contundente. Por desgracia, lograda a un costo muy elevado. Algunos periodistas han calificado este episodio como la “Navidad negra” de Colombia, (Boris Miranda, BBC News, 2019, entre otros), haciendo gala de cierto dramatismo. Personalmente me atengo, al menos de manera provisional, al juicio del historiador ecuatoriano Cristóbal Gangotena y Jijón para quien… “tras una batalla desesperada de hora y media, Sucre pudo entrar en la ciudad desierta. Quinientos facciosos cayeron en la lucha. Los habitantes del baluarte huyeron por los campos. Los soldados vencedores ahítos de venganza saquearon la ciudad” (Idem, p. 9-10).
Los consiguientes ofrecimientos de perdón no disuadieron a los rebeldes. Meses después volvieron a la carga contra el coronel Juan José Flores, nombrado por Bolívar Comandante General de Pasto a principios de 1823. “Terribles fueron- dice Gangotena- las represalias que Flores tomó contra aquellos facciosos: hizo fusilar a veintitrés rebeldes-realistas, e incendió las barracas en las que se habían refugiado” (Gangotena y Jijón, 1923, XI). Estas medidas no fueron suficientes para apaciguar los ánimos rebeldes, más enardecidos con la creciente ola de represión.
La batalla de Ibarra
Los actos de rebeldía se prolongaron durante todo el año de 1823. El 12 de junio los hombres de Agualongo tomaron la revancha contra Flores y derrotaron a las tropas libertarias, lo cual alarmó de nuevo al Libertador. Nombrado el general Salom jefe de los contingentes militares bolivarianos y urgido por aquel para asegurar la pacificación de Pasto, el 23 de junio de 1823 emite al pueblo de Quito una Proclama llamando a apoyar a los patriotas empeñados en detener el avance de los realistas.
Al mismo tiempo, Bolívar decide enfrentar en persona al coronel Agualongo, quien había logado reunir un ejército de 1 500 hombres entre los sectores populares y los pobladores pertenecientes a las etnias originarias de los Pastos y Quillasingas. A estas alturas, el objetivo de Agualongo no solo era defensivo: quería retroceder la historia, recuperando para su amado Rey los territorios liberados por los patriotas.
Bolívar, pues, ordenó el desplazamiento de batallones y pertrechos. Para el 8 de julio el teniente coronel Demarquet comunicaba al Jefe Político de la Villa de Ibarra que, para el 10 del mismo mes y año, estarían acantonados en Otavalo 1 200 hombres bien armados y equipados, en espera de las órdenes de Bolívar para entrar en acción.
A las 18h00 del día 11 de julio, los contingentes del coronel Agualongo fueron avistadas por los espías republicanos en el cruce del río Chota. El Libertador da órdenes de mantenerse alerta evitando, hasta nueva orden, la confrontación directa. Los realistas ingresan a la Villa de Ibarra el 12 del mismo mes y, frente a la escasa resistencia poblacional, se dedican al saqueo, mientras se preparan para avanzar hacia el sur por la actual parroquia de San Antonio.
El Libertador, por su parte, emite incesantes comunicados pidiendo a los comandantes de la tropa acelerar los preparativos previos al combate. Mientras tanto, diseña la estrategia de sorprender al enemigo por la retaguardia, y para el efecto se desplaza desde Guayllabamba, ingresa por la hacienda (actual) de Cochicaranqui, en la zona de Zuleta, bordeando las faldas del Imbabura, y desciende a la Villa por la parroquia de Caranqui.
La estrategia dio resultado. En la madrugada del 17 de julio de 1823, el ejército patriota arremete contra las tropas enemigas, y lo hace de manera fulminante. Los efectivos de Agualongo retroceden, abandonan el principal escenario del combate que era el centro urbano de la Villa – y no como dicen los reporteros de El Comercio – y “se refugian en las escarpadas breñas, con su corte estrecho y profundo, del río Tahuando” (Gangotena y Jijón, 1923, XVIII), para escapar al castigo del ejército libertador.
La sanción impuesta a los rebeldes fue dolorosa. Los patriotas, sin embargo, no dudaron en reconocer que este triunfo habría sido más glorioso de no mediar la participación de la población pastusa, nuestros hermanos, que fueron también beneficiarios de los logros-aunque escasos según la opinión de algunos historiadores-de las guerras de independencia.


La frase destacada:
La estrategia dio resultado. En la madrugada del 17 de julio de 1823, el ejército patriota arremete contra las tropas enemigas, y lo hace de manera fulminante. Los efectivos de Agualongo retroceden, abandonan el principal escenario del combate que era el centro urbano de la Villa – y no como dicen los reporteros de El Comercio – y “se refugian en las escarpadas breñas, con su corte estrecho y profundo, del río Tahuando” (Gangotena y Jijón, 1923, XVIII), para escapar al castigo del ejército libertador.
Sobre el Autor Marcelo Villamarín Carrascal:
Doctor en Filosofía, ex docente universitario de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Obras Publicadas: El arte de vivir con sentido (2005), Retos de la Asamblea Constituyente (2006), Socialismo y Revolución Ciudadana (2016), Ideas Filosóficas de Imbabura (2019)