El silencio de la Academia (II)

Todos podemos dar fe del lacerante drama de la migración de nuestros pueblos hacia el “sueño americano”. Las informaciones muestran el sufrimiento de los conciudadanos y sus familias, ante inhumanas deportaciones por agentes del ICE. No obstante, no conocemos estudios o declaraciones de la Academia en los cuales expresen su criterio. Probablemente poca incidencia tendrán estos escritos, pero por lo menos demostraría a la opinión pública que sus instituciones muestran preocupación y posibles soluciones al problema. También es cierto que algunas propuestas pudieran servir a los organismos Estatales para atender el dilema de nuestros compatriotas.
Numerosos intelectuales cuestionan severamente el papel del poder mediático en las sociedades modernas. Sobre todo, los medios hegemónicos son fuentes de desinformación manipulación y adoctrinamiento de los ciudadanos. Su propósito principal es el mantenimiento de las estructuras dominantes y la difusión de la ideología retardataria ¿Acaso las universidades han salido al paso para desenmascarar la enorme cantidad de mentiras de los acontecimientos políticos, económicos, sociales, militares, que consolidan un sistema injusto, antidemocrático, corrupto, opresivo, violento? Inclusive los medios creados por las propias universidades, no escapan de las narrativas oficiales y de la ideología reaccionaria. No sabemos de medios que tengan una programación alternativa cuyo denominador común sea el ejercicio del pensamiento crítico al servicio de los procesos sociales de la nación.
¿Es factible que la universidad ecuatoriana se integre en una gran cruzada para demostrar a toda nuestra población las falacias de la democracia liberal que tiene vigencia casi absoluta en nuestro país?
Imaginémonos que a través de múltiples comunicados, textos, asambleas, conversatorios ciudadanos, el Ecuador podría escuchar a sus académicos y académicas sobre cuáles son los rasgos y postulados de una auténtica democracia. A pesar de la falsedad de la democracia burguesa, reducida a eventuales elecciones, que ha causado los profundos males el país, no existe una posición consensuada para que las instituciones de educación superior, puedan ser promotoras de la construcción de una República equitativa, solidaria ética, soberana, ecológica, que trabaja por el bien común.
Obviamente, más que discursos sobre la democracia la Academia debería demostrar a la sociedad que este inapreciable valor social, se práctica a pleno pulmón al interno de sus entidades. Por supuesto, los egresados serían los difusores de esta experiencia en sus comunidades.
¿Es posible que una o varias instituciones presente estudios, ensayos, artículos de autocrítica? Hasta ahora se ha formulado varias cuestiones sociales sobre las cuales la universidad tiene voz autorizada, pero su funcionamiento y productos, no pueden quedar al margen de su propio ojo crítico. La honestidad intelectual, como propiedad intrínseca de la Academia, le impide exonerarse del cuestionamiento. Y vaya que existen numerosas falencias que ameritan serios y objetivos análisis. Un ex presidente afirmó: “El país irá donde vaya su universidad”. Aunque resulte una hipérbole, bien puede decirse que el país que tenemos es producto de sus entidades académicas. Sobre el asunto, la mordaz frase de Ortega y Gasset resulta pertinente: “Hacer cambios en la universidad es como mover cementerios”. Para no caer en fatalismos o impotencias, resulta urgente sembrar utopías.
En fin, el mutismo en todos los asuntos mencionados y muchos otros, es vergonzoso, por decir lo menos. Toda una institución depositaria de lo más alto de la inteligencia, que está obligada a expresar, en voz alta, su oposición a los atentados dictatoriales y del unipolarismo imperial, parece aceptar pasivamente las órdenes superiores.
Conviene inquirir sobre el papel de los académicos, casi todos con títulos de Doctorado en sus instituciones. La respuesta es fácilmente verificable: están ocupados “dictando clases”, transmitiendo el conocimiento oficial, la ciencia que profundiza nuestra dependencia e infunde los valores del mercado. Quienes optan por la transferencia de saberes, olvidan que su condición de enseñantes, en los tiempos de la revolución de la información, los lleva a caer en el ridículo.
Si los estudiantes pueden encontrar saberes, en cantidades astronómicas en las redes y los artificios de la IA, no tiene objeto actuar como transferidores de saberes. En este panorama tecnológico, la única opción es formales en el aprendizaje autónomo. Para este objetivo, es imprescindible el desarrollo de habilidades para el procesamiento de información.
De este análisis es factible concluir que sobrellevamos la era del mutismo académico. Atrás quedaron los intelectuales referentes como Manuel Agustín Aguirre, Agustín Cueva, René Báez, Bolívar Echeverría, Samuel Guerra Bravo, Juan Paz y Miño… Hoy, los pocos pensadores apenas si proponen reflexiones sesudas y proclamas para salvar al país. Ciertamente, en el lodazal de medios controlados y pautados por el poder, no tendrán oportunidad de hacer conocer sus meditaciones y llamados a construir una nueva nación. Resulta difícil negar que el pensamiento crítico es el gran ausente en nuestras universidades. Ahora prima el pensamiento único (los dogmas del mercado), la acción instrumental y la obsesión monetaria.
Sería interesante un examen detenido de las razones que eluciden la postura silente y la pasividad: temor a ver mermadas las rentas institucionales, la negación a la aprobación de nuevos programas, la posible suspensión del negocio de la educación. No faltan las expresiones de adulo que posicione a directivos e instituciones en el concierto nacional. Ejemplos reveladores son los otorgamientos de títulos de Honoris Causa a personajes del poder, visiblemente limitados.
El otro factor que no puede dejar de mencionarse, es el posible triunfo de la derecha reaccionaria en nuestros países. Esta funesta ideología parece que ha logrado anular a las otrora voces disidentes, contestatarias de la Academia nacional. El poderío conservador ha conseguido desmovilizar a directivos, profesores, estudiantes y administrativos. Varios son los factores que explican el descuido de la responsabilidad social universitaria. Es ineludible citarlos: meritocracia, individualismo, darwinismo social, afán de lucro, apoliticismo y obsesión por la diversión. Si estos antivalores, propios de la jungla capitalista, tienen predominancia en los claustros, que no se espere formar hombres y mujeres predispuestos a denunciar los desafueros del sistema y mucho menos a ser artífices de la transformación social.
Una interrogante que invita a los docentes a responderla es: ¿puede encontrarse diferencias sobre los temas tratados entre la universidad Estatal, Privada o Confesional? He aquí otro espinoso asunto que no se atreven a responder las instituciones. Si la Academia persiste en su silencio, estará aupando, de manera consciente o inconsciente, el statu quo. Si es así, no esperemos futuro para el Ecuador.
La frase destacada:
El poderío conservador ha conseguido desmovilizar a directivos, profesores, estudiantes y administrativos. Varios son los factores que explican el descuido de la responsabilidad social universitaria. Es ineludible citarlos: meritocracia, individualismo, darwinismo social, afán de lucro, apoliticismo y obsesión por la diversión. Si estos antivalores, propios de la jungla capitalista, tienen predominancia en los claustros, que no se espere formar hombres y mujeres predispuestos a denunciar los desafueros del sistema y mucho menos a ser artífices de la transformación social.
Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo:
Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.
