La magia de la palabra

Diario El Norte
Al rememorar el Segundo Aniversario de su partida compartimos este texto escrito con la genialidad y sinigual maestría propia del artista
No hay nada más maravilloso en la naturaleza humana que la palabra. La palabra es un objeto mágico que, como en la lámpara maravillosa, se puede encerrar al mundo. Si yo digo la palabra mar, estas tres letras evocan inmediatamente inmensidades de agua salada con millones de olas trepidantes que juegan a quien es más azul y bello con el firmamento. Me llegan a la imaginación millares de gaviotas que revolotean alrededor de un barco pesquero en procura de una sardina que se escape de las redes. Y esa misma palabra me remite a inmensas playas soleadas y ornamentadas de palmeras y al dulzor del zumo de sus frutos maravillosos.
Si yo digo la palabra pan, esas tres letras me hacen volar a inmensos prados donde los trigales doran con su luz el paisaje montañero, trae el recuerdo de molinos repletos de grano generoso y artesas inmensas donde duerme la harina su última siesta de almidón, antes de volverse una escultura en las manos del artista panadero que la moldea a su antojo para darle una forma universalmente bella. Esa palabra evoca hornos humeantes y olorosos de cuyas fauces ardientes sale el alimento más universal y sagrado con que la humanidad ha vencido al hambre desde el confín de los tiempos.
Y la palabra luz me remite a la estrella más gigantesca de nuestro sistema planetario con solo tres letras igualmente. Y de su escueta estructura se deriva la vida de la Tierra sin cuyas moléculas no podrían constituirse las vitaminas que necesitan las plantas y animales para su sobrevivencia. Cuando dicen que a la luz no hay como atraparla, yo digo que están equivocados, que el hombre ya lo hizo hace miles de años cuando creó una palabra mágica, la palabra luz, para encerrar semejante inmensidad en tan diminuta esencia.
Y la palabra amor, el sentimiento más hermoso que todo ser viviente puede experimentar, está guardado en apenas cuatro letras insignificantes, pero poderosas. Cuántos millones de historias se desenvuelven en la humanidad cada segundo por el influjo de esta palabra. Y me atrevería a decir que, ninguna otra como la palabra amor, puede guardar en su humilde estructura de cuatro signos poderosos, el único sentimiento que ha sido capaz de crear en su entorno religiones, estados, historias fabulosas que maravillan al mundo desde siempre y para siempre.
No hay un solo ser humano que pueda afirmar que jamás amó a nadie. Los seres humanos pueden no tener fortuna, bienes materiales, pueden inclusive no tener libertad, pero hasta los más desalmados criminales conminados de por vida a una sentencia en una mazmorra, siempre albergarán un secreto amor en el fondo de su corazón avergonzado. Y ese enorme sentimiento universal ha sido capturado de maravilla solo en estas cuatro letras que juntas suenan a.m.o.r.
Y pensar que nuestro idioma tiene millones de palabras, cada una con su historia, cada cual, con su árbol genealógico, cada cual con su descendencia y ascendencia y todas ellas, en lo que al castellano respecta, son diariamente construidas con la miserable concurrencia de apenas veinte y ocho signos que representan a su vez a veinte y ocho fonemas, a veinte y ocho sonidos.
¡AH la maravillosa magia de las palabras! Imaginémonos, un instante solamente, si por maldad de algún esperpento de las oscuridades desaparecerían las palabras. Entonces desaparecerían los conceptos, las nociones, los significados y al desaparecer éstos, regresaríamos a nuestro primitivo estado animal sin semántica, sin comunicación trascendente, sin luz. El mundo sería sordo y mudo y más valdría que desaparezca nuestra especie, pues vivir sin las palabras, para qué.
Por eso las palabras son sagradas. Las palabras no fueron creadas con un soplo divino de un momento a otro, sino que son el resultado de una lucha de miles de años del ser humano en el proceso de construirse a sí mismo. La evolución de la humanidad fue a la par de la evolución de las palabras, cada nuevo invento, cada nuevo objeto, cada nueva idea que la humanidad iba creando en el transcurso de su historia, era designada con una palabra que se encargaba de perpetuar y volver trascendente esa creación, aunque la creación desaparezca.
Las palabras no nos pertenecen, pertenecen a la humanidad. Se podría más bien decir que nosotros pertenecemos a ellas, a su semántica, a su universo y somos solo sus organismos parlantes que permitimos que ellas vuelen y existan. Es la cultura la que pone en nuestra boca las palabras para que las administremos como tesoros preciosos y preciados. Por ello las palabras son sagradas. Por ello no hay que dilapidarlas. Por ello hay que disponer de ellas como un beduino administra un pequeño zurrón de agua en el desierto, pues resulta un crimen abusar de la inocencia y del hechizo de las palabras para causar mil destrozos, genocidios, pandemonios mortales. Se las puede usar para mentir, para adulterar el camino de los pueblos y para consumar fines protervos, pues las palabras, cuando caen en bocas malvadas, sin que sea su culpa, pueden ser instrumentos altamente destructivos.
Uno debe administrar las palabras inteligentemente y administrar también los silencios. Decir lo justo y decirlo bien. Usar las palabras solo cuando el silencio sea insuficiente. Nada hay más abominable que la pedantería, la petulancia de aquellos que atropellan a las palabras como si estas fueran latas vacías y oxidadas en las que se puede llenar con cualquier bazofia espiritual o intelectual.
Pero si la palabra hablada es un bien preciado de la humanidad, lo es más la palabra escrita. Una de las revoluciones más trascendentes de la humanidad fue el salto del oralismo a la escritura. La palabra oral con lo bella e importante que es, al fin y al cabo, es una burbuja de oro que se la lleva el viento. Debe haber más palabras pululando perdidas y olvidadas en el espacio que astros en todas las galaxias del universo. Y con esas palabras se perdieron miles de conocimientos, se olvidaron a millones de seres importantes, se esfumaron seres vivos y se hicieron nada cosas que en su momento fueron imprescindibles.


La frase destacada:
Las palabras no nos pertenecen, pertenecen a la humanidad. Se podría más bien decir que nosotros pertenecemos a ellas, a su semántica, a su universo y somos solo sus organismos parlantes que permitimos que ellas vuelen y existan. Es la cultura la que pone en nuestra boca las palabras para que las administremos como tesoros preciosos y preciados. Por ello las palabras son sagradas. Por ello no hay que dilapidarlas.
Sobre el Autor Juan F. Ruales:
Escritor, Sociólogo, Compositor, Profesor de sociología y literatura, Consultor Cultural, Contraparte Proyecto UNESCO-ECU-78, Director de Cultura de varias instituciones, Director Nacional de Educación Rural, Autor de numerosas obras literarias. He obtenido premios y reconocimientos dentro y fuera. Ha creado y dirigido entidades culturales. Articulista de periódicos y revistas en diversos medios del país.