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La utopía de la participación de la familia en la educación de los hijos

Diario El Norte

 

Que los padres y toda una comunidad deben ser miembros responsables de la educación de los menores, es un postulado que no puede ponerse en duda. Cierto es que la escuela, en todos sus niveles, tiene un papel determinante sobre todo en la preparación académica de los niños y adolescentes, pero la trilogía escuela-familia-sociedad son elementos determinantes para la formación y la preparación de las nuevas generaciones.

Un viejo adagio africano reza: “Para educar un niño se necesita de todo un pueblo”. Si esta es una verdad incuestionable, ¿qué grado de cumplimiento tiene en la realidad concreta de nuestras sociedades? Ciertamente, resulta fácil enunciar el idealismo y la utopía de que la familia debe constituirse en un organismo importante, vital se podría decir, para una educación trascendente, poderosa. Todas estas ideas suenan bonitas, pero no pasan de ser simples lirismos. Por desgracia, las deplorables evidencias de nuestro país, contradice el principio pedagógico de la integración familia-escuela-comunidad. Las razones este hecho, pueden ser constatadas por cualquier ciudadano o ciudadana. Veamos algunas referencias.

Si sabemos que el 80 % de padres no puede ejercer a cabalidad la función educadora por diversos motivos, resulta utópico tratar de conseguir una integración efectiva a esta labor. De este porcentaje 60 %, lastimosamente, apenas si han terminado la enseñanza básica, condición que les impide o les resulta bastante difícil, asumir su papel de guías orientadores de los aprendizajes escolares de sus vástagos. Si sabemos que los currículos escolares, con un grosero academicismo y teoricismo, obligan a los niños y adolescentes al estudio de un sinfín de contenidos librescos, cientificistas, descontextualizados, ¿cómo pueden los padres ayudarles en sus aprendizajes y tareas?

De otro lado, un alto porcentaje del grupo mayoritario son padres que deben salir diariamente a buscar el pan para sus hijos. En la lacerante sociedad de miseria y atraso, resulta forzado exigirles que dediquen tiempo a las tareas escolares de sus hijos. Nadie puede discutir que muchos de esos contenidos casi son ininteligibles para la mayoría de padres. La pandemia mostró de cuerpo entero esta limitación para hogares donde existen 2 o 3 hijos.

Asimismo, si un alto número de hogares tiene severas dificultades para adquirir recursos tecnológicos que resultan necesarios para el estudio virtual, ¿Qué capacidad tienen los progenitores para erigirse en puntales en la educación de sus hijos? Las limitaciones de conectividad, es otro dilema que complica cualquier propósito de las familias para integrarse a la labor educativa. Si se suma a estos escollos, la incapacidad de muchos padres para manejar recursos digitales, se puede inferir que la intervención de los padres será muy restringida.

Al referirnos al porcentaje del 20 % restante encontramos otros problemas. Es posible que estos padres estén dispuestos a convertirse en asesores y reforzadores de los aprendizajes de los chicos y de las chicas, pero dicho apoyo se reduce a reproducir el conocimiento que ellos recibieron en sus años escolares. Dicho saber, como anticipamos, se circunscribe a los contenidos curriculares academicistas, con escasa relación con las vivencias sociales, económicas, productivas, culturales… del contexto en que viven y crecen los estudiantes.

En consecuencia, el apoyo se limitará a ayudar en los tradicionales cálculos aritméticos, las definiciones gramaticales, los datos geográficos e históricos, los conceptos de ciencias naturales y una que otra actividad manual. Circunscribir la educación o la enseñanza a la simple asimilación y memorización de los programas de estudio, es, a todas luces, un grave reduccionismo de la verdadera educación.  Cualquier propuesta pedagógica establece que la formación de los menores va más allá de la transmisión de saberes. En esencia, la educación implica potenciar las capacidades cognitivas, afectivas, éticas y motrices de niños, niñas y adolescentes. Es convertirles en ciudadanos responsables de su realidad socioeconómica y cultural. Es conseguir que los educandos reconozcan cuáles son los fines trascendentes de su vida, al margen de la obsesión material, a la que induce el poder hegemónico. Es dotarles de habilidades para el trabajo en grupo, para la labor comunitaria en pos del bien común. Es integrarles, de modo activo, a la defensa de la naturaleza. Es hacerles protagonistas de la liberación de su pueblo, del oprobioso dominio las élites criollas y foráneas. En suma, es formar verdaderos seres humanos, o sujetos atiborrados de conocimientos, la mayoría inservibles, y obsesionados con el oropel capitalista. Solo en la búsqueda consciente y comprometida de los maestros, los padres y la comunidad con estos fines educativos se puede encontrar sentido al apoyo de los tres elementos cruciales de la formación de los menores.

Se puede pensar que las familias con mejores recursos económicos y académicos pudieran integrarse a la consecución de dichos ideales, pero el problema es que también ellos fueron formados en la escuela tradicional, donde la repetición de conocimientos era casi una única función cumplida en las aulas. Ciertamente, no podemos olvidar que tampoco el profesorado, ha logrado superar el lastre de una enseñanza que poco o nada ha hecho por los dominios intelectuales, morales, afectivos y motrices de las nuevas generaciones.

Si todo la anterior se apega a la verdad, las posibilidades de la participación de la familia en la formación de las nuevas generaciones resultan casi una simple ilusión. Los sociólogos educativos utilizan el término “educacionismo” para referirse al sofisma de que la educación puede prescindir de la nefasta influencia del sistema que nos domina. Creer que en una sociedad donde predomina la pobreza, el atraso, el desempleo, la opresión, el racismo, las migraciones, la violencia, la corrupción, la alienación… se pueda ejecutar una verdadera educación, no pasa de ser una quimera. De lo expuesto, se puede deducir que primero debe solucionarse los lacerantes males creados por los opresores, para solo entonces la escuela, la familia y la comunidad se propongan levantar una auténtica educación.

De modo complementario, si el Gobierno no está dispuesto a brindar todos los recursos para una escuela eficiente: infraestructura adecuada, recursos didácticos y tecnológicos, perfeccionamiento docente, capacitación a padres en las funciones educativas, jamás se puede exigir que las instituciones, puedan formar nuevos entes que contribuyan al desarrollo nacional. ¿Se puede esperar de este Gobierno la satisfacción de estas condiciones imprescindibles? Si elude esta responsabilidad, que no se atreva a culpar a los centros, al profesorado, a la familia, de las deficiencias educativas que arrostramos.

The father and a daughter doing homework at the table

La frase destacada:

“… si el Gobierno no está dispuesto a brindar todos los recursos para una escuela eficiente: infraestructura adecuada, recursos didácticos y tecnológicos, perfeccionamiento docente, capacitación a padres en las funciones educativas, jamás se puede exigir que las instituciones, puedan formar nuevos entes que contribuyan al desarrollo nacional”.

Sobre el Autor Jorge Villarroel:

Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.

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About Marcelo Almeida Pástor

Ph.D en Ciencias de la Educación (Universidad de La Habana-Cuba), Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa y Diplomado Superior en Planificación Estratégica (Universidad Nacional de Loja); Especialista en Educación para el Desarrollo Sustentable y Licenciado en Ciencias de la Educación especialidad Idiomas (Universidad Técnica del Norte); Profesor Jubilado en la Universidad Técnica del Norte en la Facultad de Posgrado: ex Profesor en: Universidad Tecnológica Indoamérica, Pontificia Universidad Católica del Ecuador sede Ambato y Esmeraldas; ex Profesor y ex Coordinador Maestría Pedagogía mención Currículo (presencial y en línea), ex Profesor y ex Coordinador Maestría en Innovación en Educación, mención Pedagogía y Didáctica con enfoque Basado en Competencias (modalidad presencial) en Universidad Técnica del Norte; Socio Fundador, ex Secretario Pro tempore de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura; Coordinador del Comité Editorial Página Pido la Palabra. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Ibarra, Socio Adherente de la Sociedad Artística de Otavalo.