El diálogo imposible

Diario El Norte
El diálogo es el término estrella de nuestros tiempos. Esta relación interpersonal sería la panacea para todos los problemas y conflictos, inclusive para los más complejos, que sobrellevan las sociedades contemporáneas. El diálogo entre las personas, las clases sociales, los grupos antagónicos, las naciones las civilizaciones… sería la única alternativa para corregir los males planetarios y del país. En efecto, se ha generalizado la idea de que todo enfrentamiento o desacuerdo, por difícil que sea, puede superarse recurriendo a la conversación, el coloquio, la plática, el parlamento, la negociación…
Asimismo, se sostiene que los consensos, los acuerdos, constituyen casi una solución para los dilemas que ocurren a nivel familiar, institucional y comunitario. Cada quien desde sus particulares intereses y visiones, cree que hablando es factible encontrar respuestas a sus necesidades y reivindicaciones.
Al término diálogo también le acompañan algunos atributos: conversaciones amplias, sinceras, transparentes, respetuosas, productivas, propositivas…
En consecuencia, al diálogo se le atribuye la capacidad para superar hasta las crisis sistémicas de las estructuras económicas, geopolíticas, civilizatorias. Trasladados estos supuestos a la particular coyuntura que vive el Ecuador, ahora resulta que las ancestrales penurias y limitaciones que sobrelleva la nación, desde que somos República, podrían dejar de existir, gracias al diálogo entre los miembros que conforman nuestra sociedad. Pero resulta curioso que, durante 200 años, quienes habitamos este territorio no hayamos podido excluir los lacerantes infortunios que agobian a la mayor parte de su población. Con seguridad, serán cientos de experiencias dialogales que se han dado en dicho tiempo. ¿Qué nos hace pensar que el Gobierno actual, y cualquiera que venga, subsanará los atávicos males que nos aquejan?
Lo que se desconoce es que los eventuales encuentros apenas si podrán tocar los elementos estructurales de fondo que hemos venido arrastrando por siglos. Los hechos históricos dan cuenta que estos acercamientos siempre han sido epidérmicos, circunstanciales, poco trascendentes. Su fin ha sido, básicamente tratar de encontrar respuesta a demandas específicas y exigencias coyunturales: salarios, infraestructura, precios, abuso, género, ecología…
Lo que se busca, en esencia, en estas expresiones es la satisfacción de reclamos gremiales, comunitarios o regionales. En definitiva, lo que han logrado son remedios parche, pero los asuntos trascendentales relativos al sistema socioeconómico, han permanecido casi intocados.
¿Alguien puede pensar que los problemas de injusticia social, pobreza, inequidad, injusticia, desempleo, explotación, opresión, violencia, corrupción, dependencia, daño ambiental… puedan ser absueltos con el simple diálogo?
Lo que olvidan los ingenuos, pero lo saben los astutos, es que las abismales diferencias económicas, sociales, étnicas, culturales, no pueden ser corregidas con generosas aperturas de los poderosos.
Señores y señoras, seamos claros, la clase dominante que controla el poder, solo se mueve por sus particulares ambiciones: dominio, explotación y codicia. Para las oligarquías los conceptos de solidaridad, bien común, Patria, no existen, están fuera de su léxico. Si esto es así, ¿cómo invitar a las élites a dialogar sobre estos tópicos, los cuales vulneran gravemente la dignidad humana de los oprimidos? A lo sumo, escucharán las demandas y las quejas de los marginados y luego cederán unos pocos privilegios. De su lado, los disconformes después de alcanzar estas pequeñas conquistas se irán satisfechos por los resultados de sus protestas.
Esta situación se ha comprobado, una vez más, en el conflicto que acaba de sufrir el país. Una vez conseguido parte de los puntos del reclamo, los participantes mostrarán su complacencia y la vida seguirá con sus pequeños logros.
En este juego de milenios, nunca la humanidad ha logrado conquistar su dignidad ontológica, su libertad, su destino. En el caso del domino capitalista de los últimos quinientos años, esta verdad ha sido plenamente confirmada. Los sistemas detentados por el poder económico, puede ceder algunas concesiones, pero su potestad permanecerá casi intocada. Los oprimidos, por su lado, a lo mejor se sentirán complacidos de haber extraído de las élites algunas dádivas, olvidando inclusive el sacrificio de vidas humanas. El argot popular tiene un aforismo gracioso: “Del lobo un pelo”. Y ya sabemos quién es el depredador.
Cualquier sociólogo puede decirnos, entonces, que el diálogo no puede remediar males endémicos que nos ha legado el colonialismo y los movimientos independentistas. Por ejemplo, los teóricos de la Decolonialidad, entre ellos Quijano, Dussel, Lander, Walsh, Mignolo han demostrado que el estigma de la raza nunca ha podido ser erradicado de nuestras sociedades. Tanta es su vigencia, que sirve para explicar hasta las relaciones geopolíticas que imperan en el mundo. ¿Podrán las pláticas humanizadoras entre los miembros de nuestras naciones superar este baldón atentatorio a la dignidad humana?
Estos razonamientos permitirán al lector inferir que el diálogo apenas si puede resolver pequeñas disputas, pero se ha mostrado incapaz para incluir los asuntos esenciales de los pueblos y sus ciudadanos. Para concretar estas reflexiones, bien vale proponer algunos ejemplos ilustrativos. ¿qué conversaciones sustantivas pueden darse entre un gobernante y un ciudadano de a pie, un banquero y su cliente, un empresario y un obrero, un terrateniente y un campesino, un “blanco” y un indígena, un General y un manifestante, una dama y una empleada doméstica, un obispo y un feligrés, un rico y un indigente, una rubia y un montubio?
Ambos nunca fueron criados, ni educados para, de modo conjunto, pensar en los ideales superiores de construir una sociedad justa, libre de opresores y oprimidos, sin pobres, fraterna, ética, ecológica…
Según la filósofa española Adela Cortina, en una sociedad donde la aporotofobia (rechazo, aversión, temor y desprecio al pobre), está en franco crecimiento, será realmente difícil cualquier encuentro. El problema es que también los mestizos que demuestran actitudes de “blanquitud” (querer parecerse al blanco), según la expresión de Bolívar Echeverría, son proclives a rechazar a los marginados.
Cuando las abismales diferencias de clase se hayan superado entre los miembros que conforman la nación, solo entonces podrá intentarse algún coloquio que beneficie a los mismos y aporte a la edificación de otra sociedad. Así lo advertía el gran Paulo Freire: “La autosuficiencia es incompatible con el diálogo. Los hombres que carecen de humildad,o aquellos que la pierden, no pueden aproximarse al pueblo».
Es que resulta obvio, quienes profesan los dogmas neoliberales, mal pueden estar dispuestos a pensar en los demás o a reconocer las necesidades de los vulnerables. Por supuesto, las élites se resistirán a cualquier menoscabo de su poderío económico y político; de hecho, lo mantendrán a cualquier precio, y tienen todos los poderes fácticos para hacerlo.


La frase destacada:
Estos razonamientos permitirán al lector inferir que el diálogo apenas si puede resolver pequeñas disputas, pero se ha mostrado incapaz para incluir los asuntos esenciales de los pueblos y sus ciudadanos.
Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo:
Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.