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Los inocentes

Diario El Norte

Llegado el 28 de diciembre y hasta el 6 de enero incluido, los otavaleños nos dábamos cita en las calles de la ciudad, pero en especial en el parque Bolívar a donde acudíamos presurosos para poder disfrutar de los disfrazados y en especial de los remedos.

Parte fundamental de la cultura practicada por la ciudadanía era el “hacer las inocentadas” que eran chanzas e “inocentadas” que se las hacía a parientes o amigos. Las bromas estaban llenas de ingenio y de mucha sal para provocar la hilaridad, el festejo de las ocurrencias y a la vez de las ingenuidades de las personas. Pues la inocentada tenía doble participación: por un lado, el que creaba, el que la inventaba y, por otra, el que caía en la misma.

El remedo era la ridiculización de hechos acontecidos durante el año y que en opinión de los vecinos habían sobrepasado los límites de la convivencia cotidiana y el buen gusto, aspectos no escritos en ningún canon pero que era parte del convivir ciudadano. El remedo era, en esas épocas, una suerte de control social y popular a las exageraciones y la crítica a toda actividad que se había subido de tono o había propasado las normas no escritas de la vida ciudadana. “Mejor no hagamos”. “Mejor no vayamos”. “Mejor no participemos”, porque nos han de remedar, eran los argumentos de hombres y mujeres que querían realizar algún acto que se sabía estaba fuera del buen gusto de los otavaleños.

En la actualidad los remedos han desaparecido totalmente y las “inocentadas” van por el mismo camino. Se ha perdido la chispa, la creatividad y las bromas pasaron a tener un mal gusto por sus argumentos exagerados y fuera de tono. Una pena que uno de los elementos culturales de una ciudad haya pasado a engrosar el mundo de los olvidos.

Sin embargo, vale la pena rendir homenaje a muchos otavaleños que año tras año solían deleitar con sus habilidades y sus ocurrencias a miles de ciudadanos que nos gustaba ser parte de las mismas. Creo necesario y oportuno rendir un tributo de admiración y reconocimiento a Don Alfonsito Chávez, maestro del disfraz y de la careta.

Al decir de los vecinos Don Alfonsito, dentro de la cotidianidad de la vida, era un hombre que pasaba desapercibido porque poco se le veía. Se sabía que era carpintero y que de esa profesión subsistía. Pero era también músico porque pertenecía a una importante familia de artistas y compositores. Nunca tuve la oportunidad de verlo tocar, pero eventualmente podíamos escucharle instrumentando su violín o su clarinete dentro de las paredes de su hogar.

Don Alfonsito Chávez era verdaderamente genial para representar los más variados personajes dignos de algún remedo de quienes por sus actitudes sobresalientes o por sus exageraciones eran merecedores de tal acontecimiento. Vale la pena recordarlo con la estructura de madera, confeccionada por el mismo, de toro montado por un jinete a la usanza de los toros populares, con pañuelo amarrado en la cabeza y embistiendo a todo transeúnte que se le atravesaba en el camino y en especial a mujeres que desatinaban a pasar por el recorrido del toro bravo. Si las alcanzaba era uno de sus cachos el que levantaba la falda y polleras ante la vergüenza del público que ávido perseguía sus travesuras para festejarlas. Cuando no fue de toro, fue de gallo o de elefante o de pavo. Si no era de sastre, era de peluquero o zapatero. Si no era de cocinera era de vendedor de discos o de gringa de alguna secta religiosa convirtiendo incautos o corazones desfallecidos.

El mejor remedo que ostentó era el de fotógrafo de manga (muy común en esas épocas) que andaba retratando a cuanto personaje le solicitara. Las jorgas de amigos siempre estaban ubicadas en el parque Bolívar esperando las cuadrillas de disfrazados para comentar y recordar los acontecimientos acaecidos durante el año y representados y ridiculizados por los remedantes. Era en este contexto donde Don Alfonsito desarrollaba sus chanzas y su brillante talento acarreaba las bromas de amigos que le contrataban para que le saque una foto a alguno de ellos. Con tijera en mano en una cartulina negra efectuaba, con una maestría y una velocidad sin igual, la silueta del fotografiado, pero lo hacía en “caricatura” exagerando los rasgos físicos de la víctima que si además tenía algún apodo era objeto de la representación graciosa de la persona con el mote señalado.

En cierta ocasión, en una fiesta de algún vecino del barrio celebrada el 12 de enero, don Alfonsito acudió a la misma sin haber sido invitado, pero iba con un atuendo especial: “vengo de pavo” dijo y con ese argumento no podía negársele su ingreso. En la fiesta se formó un escándalo mayúsculo cuando, con su estructura flexible, tendía el ala a toda mujer que se encontraba en el interior del recinto festivo. A la mañana del día siguiente los vecinos y en especial los asistentes a la fiesta se encontraban en los calabozos de la Comisaría Nacional abogando para que Don Alfonsito sea dejado en libertad. La autoridad, tío del apresado, se negó a cumplir con el pedido por cuanto manifestaba que la justicia se aplica desde la familia y Don Alfonsito estaba disfrazado fuera de temporada y la ley señalaba siete días de cárcel y 30 sucres de multa. El famoso 7-30 se tuvo que cumplir inexorablemente. Lo único que consiguieron, a mucho ruego, fue que se le permita cambiarse de ropa dejando la estructura de pavo que era el atuendo con el que fue reducido a prisión.

Mi sentido y sensible homenaje a este hombre extraordinario, humilde en la cotidianidad y brillante en la época de inocentes por haber dejado profunda huella en muchos otavaleños entre los que me cuento por ser uno de los que continúan con la tradición del disfraz y el remedo.

La frase destacada:

“… vale la pena rendir homenaje a muchos otavaleños que año tras año solían deleitar con sus habilidades y sus ocurrencias a miles de ciudadanos que nos gustaba ser parte de las mismas. Creo necesario y oportuno rendir un tributo de admiración y reconocimiento a Don Alfonsito Chávez, maestro del disfraz y de la careta.”

Sobre el Autor Ramiro Velasco Dávila:

Docente a nivel medio y universitario. Gestor cultural. Escribidor de cuentos y relatos.

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About Marcelo Almeida Pástor

Ph.D en Ciencias de la Educación (Universidad de La Habana-Cuba), Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa y Diplomado Superior en Planificación Estratégica (Universidad Nacional de Loja); Especialista en Educación para el Desarrollo Sustentable y Licenciado en Ciencias de la Educación especialidad Idiomas (Universidad Técnica del Norte); Profesor Jubilado en la Universidad Técnica del Norte en la Facultad de Posgrado: ex Profesor en: Universidad Tecnológica Indoamérica, Pontificia Universidad Católica del Ecuador sede Ambato y Esmeraldas; ex Profesor y ex Coordinador Maestría Pedagogía mención Currículo (presencial y en línea), ex Profesor y ex Coordinador Maestría en Innovación en Educación, mención Pedagogía y Didáctica con enfoque Basado en Competencias (modalidad presencial) en Universidad Técnica del Norte; Socio Fundador, ex Secretario Pro tempore de la Escuela de Pensamiento Social Imbabura; Coordinador del Comité Editorial Página Pido la Palabra. Miembro de la Sociedad Bolivariana de Ibarra, Socio Adherente de la Sociedad Artística de Otavalo.