Vienen por Cuba

Dentro de la cruzada imperial, los genocidas dicen que “el turno ahora es la República de Cuba”. A decir verdad, los intentos de invasión han existido desde hace más de 67 años, pero no con la prepotencia de la era Trump. Este representante de las rancias élites mundiales, se ha propuesto conquistar de manera abierta y violenta varias naciones, sobre todo aquellas que todavía se resisten a la embestida hegemónica. Por supuesto esta acometida no se aplica a los gobiernos obsecuentes que han resuelto someterse a los dictados del aspirante a emperador y jefe de las facciones ultraderechistas del mundo. En el caso latinoamericano, las evidencias prueban que van en aumento los regímenes obsecuentes que buscan consolidar los mandamientos neoliberales.
Y ya sabemos las criminales acciones contra los Estados renuentes u opositores: bloqueos comerciales, imposiciones políticas y militares, fraguar atentados, dictaduras, sin faltar invasiones sangrientas.
Si todavía nuestro país no ha logrado concienciar el impacto de estas atrocidades, se debería inferir qué pasaría si el imperio, ante un Gobierno progresista y opuesto a la potestad yanki, decidiera acoger los principios de soberanía y autodeterminación. Lo seguro sería que la exportación de los recursos esenciales para su economía: minería, banano, cacao, pesca, flores, petróleo… no podrían ser comercializados en otras naciones. Asimismo, las mercancías de otros países, necesarias para nuestros sectores productivos, no podrían atender las necesidades nacionales. Las operaciones turísticas se verían seriamente afectadas. Las inversiones extranjeras se omitirían. En fin, la crisis económica no tardaría en producirse.
Ante esta posibilidad, la explicación del atraso nacional se diría que es porque el país ha adoptado un orden político-económico de corte socialista. Desde luego, resulta pueril deducir algo tan obvio, cualquier ciudadano podrá entender los efectos del asedio imperial.
El ejemplo más palpable de las secuelas de estos atentados es el caso cubano. Un pueblo que decidió mantener su dignidad, soberanía y libertad, inclusive a costa del sufrimiento de su gente. Toda una heroicidad, que otras naciones no pueden ostentar, pues prefieren estar bajo el denigrante sometimiento al “Hermano Mayor”.
Pero claro, los defensores del sometimiento acostumbran decir: “con la dignidad no se come”. El problema es que nuestras repúblicas prefieren el vasallaje nórdico, sin que ese poder haya contribuido a solucionar los dramáticos cuadros de miseria, hambre, atraso, subdesarrollo, de una elevada parte de sus habitantes. Ciertamente, no puede hacerlo porque la riqueza del Norte se ha logrado con la pobreza del Sur. Entonces, somos pobres, pero permanecemos de rodillas. Obviamente, esta posición genuflexa es más evidente en unos pocos acaudalados que cumplen con las exigencias del aprendiz de emperador.
En consecuencia, para ellos, los responsables seríamos nosotros por no haber aprovechado las directrices neoliberales. En efecto, la ubicua narrativa mediática, internacional y nacional, señala que esa es la causa de la pobreza y el atraso de los pueblos latinos. En tal virtud, según los ideólogos del sistema dominante, cualquier gobierno que no se integre al modelo económico capitalista, está condenado al fracaso. Supuestamente, solo en este paradigma es posible alcanzar “el desarrollo nacional y personal, el bienestar humano y hasta la felicidad”. Sin embargo, las evidencias mundiales contradicen, de modo tajante, dicho dogma, al verificar resultados totalmente opuestos al oropel ofrecido por la doctrina del mercado.
En este punto es necesario insistir sobre la falacia del desarrollo ofrecido por el imperio a los súbditos del Sur. En el imaginario social predomina la creencia que la misión de nuestros países es imitar, copiar, sumarse a las condiciones de vida de las naciones que han optado por el orden económico capitalista, con su versión actual el neoliberalismo. Su convicción, consciente o inconsciente, es que el único referente que debe seguirse para alcanzar el ansiado desarrollo, cuyos principales indicadores son el crecimiento económico, la producción sin límites, el consumo desaforado, la diversión banal, … Algunas de las muestras de este avance son las grandes urbes, los servicios básicos, las asombrosas tecnologías, las grandes industrias, los fastuosos edificios, los deslumbrantes centros comerciales, las vías de primer orden, la vida holgada de algunos de sus ciudadanos, los lujos y comodidades… ¿Quién no desea este tipo de sociedad?
Muy pocos de los maravillados se han propuesto averiguar qué hay detrás de esta apariencia forzada, a pesar de que soportan las peores secuelas de dicho desarrollo. Veamos, de modo sucinto, algunas de estas lacras visibles en nuestro país y que se replican en casi todos los países del orbe. Como no citar las abismales inequidades, donde el 90 % de los habitantes sufre serias limitaciones de alimentación, salud, educación, acceso a servicios básicos. Solo el 1 % de la población concentra el 40 % de la riqueza nacional y el 9 % restante lleva una vida modesta; el 60 % carece de un empleo digno y un 10 % sufre el desempleo total. 450.000 niños y adolescentes se encuentran fuera del sistema educativo; enormes masas humanas se ven obligadas a migrar y padecer todo tipo de los vejámenes; la creciente contaminación ambiental y la destrucción de la naturaleza, por la codicia de las corporaciones nacionales y extranjeras, amenazan seriamente a la existencia humana. Una sistemática violación a los derechos afecta sobre todo a las minorías. Y qué decir de la ubicua corrupción del mundo capitalista, oprobio que solo pudo existir cuando se entronizó el poder del dinero. Las lacras del tráfico de drogas debido a una alta demanda de los consumidores en las metrópolis. La inseguridad y la delincuencia, no es sino el lastre visible de la injusticia social. Millones de obreros y burócratas condenados a sobrellevar trabajos esclavizantes y alienantes.
No se puede dejar de mencionar los terribles impactos de las guerras, atentados, asesinatos a líderes sociales, genocidios, invasiones cometidas por los países “desarrollados” en diferentes latitudes del mundo.
He ahí una muestra del “desarrollo” que tanto predican y pretenden obligar a que todas las naciones se sumen al gran proyecto ideado por el engendro. Tortosa, utiliza el término “maldesarrollo” para este funesto orden económico que ha generado este tipo de mundo y nación.
Por consiguiente, las alternativas: socialista, humanista, progresista, del Sumak Kausay, serán presentadas por los medios, cooptados por la plutocracia, como enemigos de la prosperidad, la libertad, la democracia. Cualquier país que ponga en entredicho el ominoso poder imperial será sometido a las peores acometidas contra su población. Si lo sabrá el hermano pueblo de Cuba.
La frase destacada:
Dentro de la cruzada imperial, los genocidas dicen que “el turno ahora es la República de Cuba”. A decir verdad, los intentos de invasión han existido desde hace más de 67 años, pero no con la prepotencia de la era Trump. Este representante de las rancias élites mundiales, se ha propuesto conquistar de manera abierta y violenta varias naciones, sobre todo aquellas que todavía se resisten a la embestida hegemónica.
Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo:
Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.
