Votar contra Imbabura

Que la política puede descender a los actos más Indignos, no es una novedad. Pero que un político atente contra los más vulnerables, constituye una vileza sin nombre. Pues sí, esta oprobiosa acción es la que acaban de consumar los 77 Asambleístas al aprobar una Ley totalmente lesiva para la población ecuatoriana.
En el caso de nuestra Provincia, dos legisladores, sin rubor alguno, deciden perpetrar una de las mayores traiciones contra su pueblo. No obstante, al solicitar el respaldo en las urnas juraron defender los intereses de la Tierra natal y de sus coterráneos. Es posible que estas abyectas acciones no llamen la atención de algunos imbabureños, tan acostumbrados estamos a las mentiras de los politiqueros que “una mancha más al tigre”, no llama su atención. Un sugestivo meme circula por las redes: “¿cuándo se sabe que un político miente? Cuando abre la boca”, es la respuesta ineludible.
Lo escandaloso es que alguien que ha desempeñado varias veces las más altas funciones provinciales, que ha constatado sus problemas y necesidades, lleguen a “clavar el puñal” a su pueblo. ¿Qué pronto han olvidado las “farras” que organizaron y participaron, para que ahora se conviertan en moralistas presupuestarios?
¿Qué calificativo merecen quienes con sus votos en el Congreso eliminan el financiamiento de programas sociales para la niñez, los adultos mayores, las mujeres agredidas, los menores que necesitan educarse, el fomento de la cultura y los deportes, los necesitados de medicamentos, los servicios básicos de las comunidades, los apoyos agrícolas, las vías de comunicación?
No menos ruin es provocar que miles de trabajadores municipales y de las prefecturas sean lanzados a la desocupación, con todos los penosos efectos para sus familias. ¿Qué dirán cuando se encuentren con sus excolaboradores? Con seguridad, su cinismo llegará a tal punto que se atreverán a concurrir a las reuniones sociales que programen los cantones, ciudades y provincias.
En verdad, no existe en nuestro idioma algún término que designe a estas parodias humanas.
La pregunta que todos nos hacemos es: ¿que lleva a estos sujetos a vender su dignidad y provocar tantos sufrimientos a sus congéneres? Todos sabemos la respuesta. En el sistema capitalista, el dinero fue elevado a la categoría de Dios, el metal que puede comprar cualquier conciencia. Asimismo, todos constamos los nefastos efectos que ha provocado el desaforado deseo de acumular riquezas. No importa los males que puede ocasionarse o las normas éticas que pueden violentarse, lo único lo importante es tener más, consumir, viajar, exhibir lujos y propiedades. Ya lo advertía Hace mucho tiempo el patriota mexicano Emiliano Zapata: “Muchos de ellos, por complacer a tiranos, por un puñado de monedas, o por cohecho o soborno están traicionando y derramando la sangre de sus hermanos”.
Der igual manera insólitos son los comportamientos de la mayoría de Alcaldes y Prefectos que guardan un silencio cómplice ante el atropello del autócrata. Esta actitud se debe a dos posibles causas: temor a las retaliaciones que afecten los presupuestos de dichas entidades, o simple acatamiento por su afinidad ideológica. En cualquier caso, sus oportunidades para atender los requerimientos de sus comunidades se verán seriamente limitadas.
Tampoco se debe dejar de mencionar la abulia y la indiferencia de las poblaciones afectadas en cada uno de los Gobiernos seccionales. Las estructuras conservadoras, han conseguido que los ciudadanos acepten pasivamente los abusos de dicho poder. “Que otros protesten”, es su consigna. Otras veces, es manifiesta su impotencia frente a la potestad de los plutócratas. Es decir, se han convertido en lo que Bretch llamó “Los analfabetos políticos”, quienes son los peores analfabetos de la sociedad, pues dan luz verde a la opresión de las élites. Es verdad la existencia de algunos levantamientos, pero la mayoría parece otorgar un respaldo implícito a los ominosos edictos de un Estado autocrático.
No puede dejar de inquirirse cuál ha sido el papel de la academia ante la arremetida contra los gobiernos locales. Tan ocupada están las universidades en el dictado de clases, que se han olvidado de su principal misión: la responsabilidad social. En efecto, escasa o mínima es su presencia ante los dramáticos sucesos que sobrelleva el país en los últimos tiempos. Poco les perturba las adversidades de sus pueblos; asumen que no son asuntos que deban ser reflexionados en las aulas y expresados a viva voz. De hecho, la Ley aprobada merma las oportunidades de trabajo de los graduados en las alcaldías y prefecturas, lo cual acrecienta el desempleo profesional. Quizás está de más recordar que casi todos los Asambleístas son egresados de nuestras universidades. El pensador Everett Reimer sentenció: “El pueblo paga la subsistencia de la universidad para que se ponga al servicio de los ricos”.
De otro lado, no se dice nada nuevo al denunciar que las actuaciones de los actores sociales responden al trabajo desmovilizador de la ideología derechista. Esta tendencia retardataria, tiene como postulados esenciales el control político de la población, el crecimiento económico de los adinerados y el sometimiento a las imposiciones imperiales. La deuda externa es el mayor dogal de nuestros pueblos que nos ha llevado a la miseria, el desempleo, la delincuencia, la depredación ambiental Nada de estos lacerantes cuadros importa a los adherentes de los eternos opresores. Siguen impertérritos en la tarea de subyugar a los pueblos emergentes y moldear sus poblaciones con los espurios fines del maldesarrollo capitalista.
Frente a este deplorable escenario, es pertinente mencionar que una de las mayores flaquezas que se enrostra a nuestros pueblos es una inveterada mala memoria histórica. Durante cientos de años han recibido los peores golpes de las clases dominantes, pero siguen eligiendo a sus verdugos, continúan creyendo los embustes del poder mediático, persisten en imitar los modos de vida de las metrópolis. No faltan los siervos nativos que se convierten en defensores y voceros de las élites. Ciertamente, el denigrante papel de nuestros representantes, pone en evidencia su catadura intelectual y moral. Ponerse al servicio de gobernantes con serias limitaciones cognitivas y éticas, ciertamente demuestra la poca valía de sus personalidades. Nadie puede negar que la mediocridad va en franco crecimiento en nuestro continente. La ubicua presencia de estos aprovechadores de la política, permite explicarnos el país que tenemos.
La otra pregunta debe ser: ¿tendrán los respaldadores de la Ley aprobada, la cara para asomarse en los escenarios, plazas y calles de nuestra Provincia? ¿Cuál será la reacción de los ciudadanos y las ciudadanas ante la presencia de estos “vendepatrias”?
La frase destacada:
¿Qué calificativo merecen quienes con sus votos en el Congreso eliminan el financiamiento de programas sociales para la niñez, los adultos mayores, las mujeres agredidas, los menores que necesitan educarse, el fomento de la cultura y los deportes, los necesitados de medicamentos, los servicios básicos de las comunidades, los apoyos agrícolas, las vías de comunicación?
Sobre el Autor Jorge Villarroel Idrovo:
Lcdo. en Psicología Educativa, Magíster en Docencia Universitaria e Investigación Educativa, Ex Rector de la Universidad Técnica del Norte, Ex Rector del Colegio Nacional “Ibarra”, Docente Investigador, Autor de libros, artículos científicos, Ponente en eventos académicos de Ecuador y en varios países de América Latina.
