El endémico maniqueísmo

Diario El Norte
Hace pocos días tuve la oportunidad de asistir a un evento online a propósito de la conmemoración del Bicentenario de la Batalla de Pichincha, y aunque no participé activamente en él, tomé nota de algunas intervenciones que me llamaron la atención.
Me fijé particularmente en ciertas afirmaciones absolutas que, en el marco general de la enunciación, no daban lugar a la discusión porque ello, inevitablemente, habría podido a desembocar en confrontaciones. Y pensé mejor, que sería más útil compartir con mis lectores el producto de mis reflexiones sobre el tema.
Algunas exposiciones enfocaron el problema de la independencia desde una premisa maniquea según la cual el eje del mundo, de la existencia, del conocimiento, etc. es una oposición bipolar entre el bien y el mal. Las acciones de los hombres son buenas o malas dependiendo de la estructura moral de su conciencia. No cuentan para nada la génesis y los procesos.
El maniqueismo es una concepción del mundo fundada por el profeta persa Mani en el siglo III d. C., según la cual existen dos principios antagónicos que rigen el Universo: el bien y el mal. De la antigua Persia se extendió a todo el mundo convirtiéndose en parte de la conciencia ingenua tanto del mundo cristiano occidental como del mundo islámico.
Yo sostengo que esta concepción subyace en algunas interpretaciones sobre el papel de los llamados “próceres de la independencia”, considerados como héroes o como villanos, sin más. Se dice, por ejemplo, que el presidente de la Junta Suprema de Gobierno que se formó como producto del “Primer grito de la independencia”, Juan Pío Montufar, tenía onerosas deudas con el fisco, que sus haciendas estaban en la ruina y la única manera de salir a flote era haciéndose del poder, para negociar con la monarquía. De ser esto cierto, es necesario relativizarlo según el contexto histórico.
Hay otras tendencias más radicales que juzgan el proceso independentista como un fenómeno que, además de ser un simple cambio de amos, no cambió nada. Un expositor, cuyos videos pueden encontrarse en YouTube decía que “América latina fue corrupta desde el inicio” y nada ha cambiado en 200 años de vida republicana. La corrupción lo transversaliza todo, desde los más ricos hasta los más pobres”. Naturalmente frente a los corruptos, hay quienes mantienen intacta su estructura moral, como un núcleo substancial inmodificable que, según el conferencista aludido, se encontraría en los pueblos originarios. De allí se deriva – digo yo – el proyecto etnicista de recuperar la sustancialidad ética del pueblo indio. (Por cierto, a mi manera de ver esta no es una concepción generalizada de los pueblos originarios. Es más bien un desliz teórico de ciertos intelectuales indígenas).
En el extremo opuesto se ubica la historiografía tradicional cuya premisa acentúa el papel del héroe, probablemente – digo yo – siguiendo las huellas del romanticismo inglés y alemán que se expresó en la concepción, entre otros filósofos, de Thomas Carlyle (1841) sobre los héroes y el culto a los héroes, quien consideraba el avance civilizatorio como producto de las acciones de los individuos excepcionales y no de los pueblos. Entiendo yo que de allí deriva la tendencia, presente en González Suárez, por ejemplo, de reducir la historia del Ecuador a las acciones de las autoridades civiles, militares y religiosas. Una tendencia que remata en la construcción de personajes míticos para el consumo de sociedades endémicas que buscan llenar su vacío existencial dejado por el hastío y la frustración. Mitos que, además, terminan siendo construcciones ideológicas que ocultan la verdad. En suma, el fenómeno histórico de la independencia sigue siendo mirado desde una óptica dualista de los buenos y los malos.
Lo que vengo señalando es un discurso propio de lo que Antonio Gramsci llamó la “conciencia ingenua”, es decir una conciencia con escasa capacidad de reflexión crítica, que se maneja a través de oposiciones binarias, provenientes de la ideología dominante. El uso repetido, mecánico e inconsciente de esta manera de ver las cosas ha provocado hábitos mentales de inveterada resistencia, fortalecidos por el tremendo poder de convicción de los mass media, especialmente la TV. No es raro, en el campo de la política, por ejemplo, apelar siempre a la búsqueda de culpables (los malos) y no de las causas explicativas de los errores y desaciertos cometidos.
Desde mi punto de vista, la realidad histórica debe ser concebida como una totalidad que integra lo objetivo y lo subjetivo, el pensamiento y la acción, lo bueno y lo malo, y se caracteriza por tener una estructura permeable a la indagación intelectual. Su propósito es identificar la génesis y los procesos que caracterizan la acción de los sujetos colectivos, sus motivaciones e intereses, sus ideas y pensamientos, sus construcciones intelectuales y manuales, es decir su cultura. Interesa indagar las condiciones de producción de los discursos, entendidos estos como las formas simbólicas orales, escritas o gestuales de comunicación, y la manera cómo se insertan en los procesos de cambio. Se trata, en suma, de identificar los hilos articuladores de esos discursos para entender la dinámica de los cambios. Solo así podemos eludir el subjetivismo maniqueista y adoptar enfoques objetivos y totalizantes.
Existe un elemento fundamental que a menudo olvida la historiografía tradicional, obnubilada por la idea del “héroe”, y es que los procesos de cambio son impulsados por sujetos colectivos que promueven proyectos de vida más o menos definidos y/o conscientes, relacionados con el modelo de sociedad que se busca. Hay que descubrir cuál es el programa de gobierno, implícito o explícito que motiva la acción. Cuál es, en definitiva, el tipo de Estado posible y deseable. Y, por supuesto, identificar como nervio central las disputas de poder entre amigos y enemigos, y también entre adversarios, que marcan ese proceso de cambio.
Tal vez estas reflexiones puedan servirnos en el marco de nuestra vida práctica: en lugar de lamentarnos porque los “malos” nos ignoran, deberíamos cobrar conciencia de que la vida pública es un escenario en que la disputa de poder, marcada por los respectivos proyectos de cambio, constituye el eje central, por ejemplo, del accionar electoral.
Sustiuir el insulto y las adjetivaciones a los adversarios y enemigos por el debate de ideas y programas de gobierno, puede permitirnos superar ese endémico maniqueísmo.


La frase destacada:
Existe un elemento fundamental que a menudo olvida la historiografía tradicional, obnubilada por la idea del “héroe”, y es que los procesos de cambio son impulsados por sujetos colectivos que promueven proyectos de vida más o menos definidos y/o conscientes, relacionados con el modelo de sociedad que se busca.
Sobre el Autor Marcelo Villamarín carrascal:
Doctor en Filosofía, ex docente universitario de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE). Obras Publicadas: El arte de vivir con sentido (2005), Retos de la Asamblea Constituyente (2006), Socialismo y Revolución Ciudadana (2016), Ideas Filosóficas de Imbabura (2019)